Ada Colau: La lucha por la supervivencia política, sin bolardos



Ada Colau con Carles Puigdemont.

Enrique de Diego.

Ada Colau está dando continuos bandazos. Ha quedado fuera de juego y trata de ocupar algún papel estelar en el drama. No lo encuentra y es cambiante. Los cambiazos han sido copernicanos: 1.- Posición a favor del referéndum. 2.- Negación a ceder los colegios para la consulta, aceptación de la legalidad. 3.- Liderazgo en el acto de los alcaldes sediciosos. 4.- Ofrecimiento al subdelegado para mediar entre el Govern y el Gobierno.

En realidad, el problema de Ada Colau, y de su partido personalista “Comunes“, es que se está quedando sin sitio. Ya fue un completo descrédito que no hubiera tenido la previsión de poner unos simples bolardos en Las Ramblas, la calle peatonal más emblemática de España y un claro objetivo terrorista, como pone de manifiesto el aviso de la CIA de 25 de mayo. En vez de ello, Colau se estaba dedicando a poner en marcha un plan contra la islamofobia, dirigido por el teniente de alcalde, Jaume Asens, teniente de alcalde y abogado de terroristas islamistas.

De manera natural, Ada Colau y Comunes han surgido del 15-M y de las Plataformas cívicas contra los desahucios y la estafa de las preferentes, con un discurso confrontado con la corrupción, que en Cataluña es protagonizada por PdeCat, y también contra el identitarismo, como forma de eludir los problemas reales de la gente. Cuando se opuso a ceder los colegios, atendiendo a las sentencias del Tribunal Constitucional, le pareció que se aproximaba demasiado al PP. Ahora la imagen que transmite es la de una simple comparsa o compañera de viaje de la corrupción del PdeCat y de Carles Puigdemont. Está entrando en arenas movedizas, pues en el campo del separatismo su posición es vicaria y la desmerecida de una advenediza. La posición de izquierdas, que le correspondería, está tomada por la CUP.

Atenazada por sus propios complejos ideológicos, Ada Colau no está en condiciones de ocupar ninguna centralidad. Sus prejuicios la alejan de muchos de sus conciudadanos, como sucede con la protesta de Nous Barris contra la instalación de una mezquita en la calle Japón, que no ha sido atendida ni escuchada desde el Ayuntamiento. Producto de márketing mediático, está sufriendo un serio desgaste. Está transmitiendo la imagen de una política sin estabilidad, sin principios claros, que lucha por la supervivencia con movimientos espasmódicos.

Esta inconsistencia ha sido puesta de manifiesto por Miquel Iceta, que está demostrando una solidez encomiable. “Si una persona tan relevante como Ada Colau no sabe si a Cataluña le conviene separarse de España, entonces ¿qué es lo que sabe?”. 

Ada Colau ya ha dicho que votará, aunque no ha aclarado en qué sentido. Miquel Iceta -el PSC es socio de gobierno en el Ayuntamiento de Barcelona- advierte: “Hemos de empezar a pedir cuentas“. Y ha recordado lo obvio: el referéndum “es una fiesta de independentistas, organizada por independentistas, para que voten los independentistas y que sólo busca la independencia”. Por de pronto, no es ni tan siquiera un referéndum, sino un plebiscito, que Ada Colau interpreta a su conveniencia como “una movilización“.

 


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