Carta abierta a Manuela Carmena, la alcaldesa reincidente que odia el Belén



Manuela Carmena.

Yolanda Couceiro Morin.

Este año, al igual que el anterior, la singular alcaldesa de la villa y corte de Madrid, la musa momificada del podemismo, ha vuelto a manifestar su desprecio a los sentimientos religiosos de la gran mayoría de los habitantes de la capital (y por extensión a la mayoría de los españoles, creyentes o no), prohibiendo el belén navideño en la Puerta de Alcalá. Una actitud que contrasta, por ejemplo, con el homenaje habitual del consistorio madrileño que ella preside a la comunidad musulmana con ocasión de algunas fechas señaladas del calendario islámico. Es ya una costumbre que el equipo de Manuela Carmena colabore con entusiasmo en la celebración del Ramadán o del Año Nuevo Chino al tiempo que desprecia las festividades cristianas.

Por su parte, la Cabalgata de Reyes ha sido convertida en un auténtico Circo de Invierno, llegando a extremos grotescos como el desfile de las Reinas Magas republicanas en Valencia, una idea del alucinado alcalde Joan Ribó, que la Carmena está tardando en copiar para Madrid. Todos estos izquierdistas, podemitas y asimilados parecen haberse escapado de una casa de orates.

Volvemos a asistir a un nuevo episodio, ya habitual en estas fechas, de la voluntad de la Carmena de desterrar la Navidad de las calles de Madrid ocultando los símbolos cristianos propios de esta celebración, y arrancando las raíces culturales y religiosas históricas del pueblo español.

Los motivos cristianos y navideños están ausentes del alumbrado público que en estos días adornan la ciudad. Desde la llegada de Ahora Madrid y su singular figura de proa, la ex jueza Carmena, al gobierno municipal de la capital del Reino, se están dejando de lado todas las tradiciones para inventar una nueva fiesta vacía de todo contenido, borrando de un plumazo la tradición histórica, social y cultural que ha configurado las fiestas navideñas hasta ahora.

Carta abierta a Manuela Carmena:

Sra. Alcaldesa de Madrid

Me he enterado de la decisión del consistorio que Usted dirige de no permitir la instalación del habitual belén navideño que tradicionalmente acoge la Puerta de Alcalá.

¿Qué mosca le ha picado?

Supongo que Su Excelencia ha estudiado, o de lo contrario tendría que pensar que ha llegado a ser jueza por otros méritos que no quisiera ni imaginar. Pero para su información, me permito recordarle que Navidad viene del latín “natalis”, que significa nacimiento.

Le voy a desvelar un secreto que Usted tendrá a bien compartir con sus colegas que sin duda nadan, complacidos y felices, en la misma satisfecha ignorancia que Su Excelencia. El nacimiento del que se trata es de un tal Jesús de Nazaret, nacido hace poco más de 2000 años (2017 años para ser algo más precisos). Le digo esto porque al no haber prohibido las luces de Navidad (sin motivos relativos al cristianismo, es cierto), supongo que ignoráis este detalle. Porque mire Usted, la Navidad no celebra el nacimiento de Papá Noel (lo siento si destruyo en Su Excelencia una creencia bien anclada en su imaginación), sino el de ese tal Jesús. Prohibir un belén sin prohibir toda manifestación pública de esa fiesta es tan estúpido como autorizar la fiesta del churro al mismo tiempo que se prohibe el consumo de churros el día de la fiesta del churro. Pero bueno, ya no nos extrañamos de sus incoherencias, sus ocurrencias y otras “performances” y disparates varios, ya que viene ejercitándose Usted a diario en esa exigente disciplina, en la que ha alcanzado unos niveles de excelencia olímpica, rozando el virtuosismo. La práctica hace al maestro y Su Excelencia practica a diario, a pesar de su venerable edad, sin hacer caso a esos malintencionados que murmuran viperinamente acerca de una supuesta chochez de Su Excelencia, sin respeto alguna a su vetusta condición. Cómo podrá ver Su Excelencia, las tradiciones se pierden, incluso las que mandan el respeto a las canas de nuestros mayores, independientemente de la coherencia de sus palabras y sus comportamientos.

El belén es lo que se llama una tradición. Y no pretenda Su Excelencia hacerme creer que la idea de tradición le es desconocido. Algo sabrá Usted de tradición, ya que de lo contrario ¿cómo me explicaría que los magistrados (y Usted lo ha sido durante largos años) ejercen su oficio embutidos en un traje tan ridículo si no es porque eso es el fruto de una tradición?

El belén es Navidad y Navidad es el belén. El belén es la historia de una familia perseguida, que a falta de poder acogerse al derecho constitucional a tener una vivienda digna y gozar de la asistencia social y sanitaria de un buen ayuntamiento presidido por progresistas como Usted, busca refugio, en su desamparo, en un establo. Es una señal de esperanza para todos los que carecen de techo y de refugio.

El belén es también (podemos simplificar) un rey árabe y un rey africano que llegan a visitar a un niño judío. Es una señal de esperanza y de paz en estos tiempos de enfrentamientos, guerras, odios, temores y desconfianzas entre pueblos, culturas y razas.

El belén es la reunión de hombres y animales domésticos, que tanto nos dan sin recibir casi nada a cambio, nuestros hermanos menores en la Creación, compañeros fieles y silenciosos que con su mansa presencia y su cálido aliento atenuan las condiciones del infortunio del momento.

El belén es un buey, símbolo de la tradición laboriosa y productiva del hombre. Por fin, el belén es un asno, noble animal injustamente difamado, aunque un rumor (que recoge ese tópico multisecular) corre acerca de que ese asno ha abandonado el belén para unirse al equipo del ayuntamiento madrileño y ahí se ha quedado, en buena compañía, entre sus semejantes.

Por lo demás, estoy segura que por coherencia con su desapego a la Navidad y su inquina contra sus símbolos y su significado, Usted irá a trabajar el día 25 de diciembre, haciendo lo contrario que todos esos fanáticos adoradores de la Navidad, que se tomarán esa fecha libre para la práctica de sus arcaicas creencias e alienantes tradiciones.

Permítame, pues, no desearle unas felices fiestas en las que Su Excelencia no cree ni está dispuesta, no ya a favorecer, sino a respetar. Tal vez en esto estoy siendo poco cristiana, pero estoy segura de que esa circunstancia sólo puede hacerme más simpática a sus ojos.

Sin más, reciba la expresión del respeto que Usted cree merecer. No olvide tomar su trankimazin. Dios sabe si lo necesita.


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