Blade Runner 2049, sin lágrimas en la lluvia



Fernando Alonso Barahona. Crítico de cine.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de  Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de  Tannhause. Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

(Rutger Auer, el replicante, en Blade Runner).

Blade Runner es uno de los pocos clásicos modernos . Su director Ridley Scott ha firmado también excelentes películas como La teniente O, Neill , La sombra del testigo, Gladiator o la inolvidable Alien , el octavo pasajero .

Confieso que Blade Runner es una obra maestra que me ha costado en alguna medida disfrutar en toda su integridad, y que aún hoy sigo prefiriendo desde luego Alien, y la maravillosa El planeta de los simios, de Franklin J. Schaffner , con Charlton Heston. Pero las repetidas visiones de esta película van sumergiendo al espectador en un opresivo y fascinante clima que poco a poco penetra en el corazón y en el cerebro de todos aquellos que contemplan una historia tan original como atrayente. Desde la primera secuencia, en la que hacen un test con resultado mortífero a un individuo mal encarado  para comprobar su verdadera identidad, a la última, que ofrece variantes desenlaces en función del que impuso la productora o el que pretendía el director Ridley Scott, el espectador va a gozar de las mejores esencias del cine negro, el suspense, la ciencia-ficción, el lirismo. Cine en estado puro, a veces excesivo en su puesta en escena pero siempre fascinante.  El clima angustioso que empapa una ciudad oscura, lluviosa, mestiza, contaminada.   El núcleo humano de la historia reside en esa tragedia del replicante condenado a morir y que aspira a ser humano, a vivir una vida humana.

La despedida del replicante: He visto cosas que jamás creeríais, con la música de Vangelis es un instante mágico del cine moderno.

No era estrictamente necesario, pero Ridley Scott ha participado en la producción de Blade Runner 2049 , (2017) dirigida por Denis Villeneuve y con un reparto en el que de nuevo aparece Harrison Ford, ahora acompañado por Ryan Gosling, Ana de Armas y Sylvia Hoeks. La historia acontece treinta años después de la original. Un agente llamado K descubre los restos de una mujer replicante que en algún momento del pasado estuvo embarazada y murió como resultado de complicaciones en una cesárea,  algo que según las características de aquellos es imposible.  ¿Tal vez una mutación en esa máquina perfecta que aspiraba a vivir y sentir como los seres humanos? En todo caso algo peligroso para la estabilidad social, por ello K, para evitar una guerra civil, se encarga secretamente de encontrar al niño y destruir toda evidencia. La investigación le llevará a descubrir que el niño está relacionado con las anteriores investigaciones del agente  Deckard  (Harrison Ford), el encargado de dar caza y captura al replicante de la primera parte que interpretara Rutger Hauer.

K es un replicante más sofisticado que los antiguos, de hecho su misión es ir retirando y haciendo desaparecer los viejos modelos.  Su humanidad se acaricia aún más ya que tiene una pareja holográfica (Ana de Armas).

El agente K (Ryan Gosling) no duda en acabar con el replicante que conoce el secreto.  El mundo no debe saber que los replicantes podrían haber llegado a crear vida; esa sería la suprema rebelión, si se logra crear vida entonces se ha acariciado por fin la característica esencial del ser humano.

Blade Runner 2049′ consigue navegar con cierta habilidad en las turbulentas aguas que supone tratar de encontrar el equilibrio entre el respeto a la película original y la posibilidad de contar una historia nueva y capaz de asombrar .

La reflexión filosófica alcanza en los mejores momentos de la película un tono interesante: los sueños como sucedáneo de la vida, la esencia de la humanidad, los cimientos de la moral y los retos de la bioética. Temas modernos que se envuelven en una factura visual brillante , demasiado recargada a veces, pero siempre eficaz,

Villenueve añade además otra cuestión candente: la realidad virtual como sucedáneo de la realidad tangible, la utilización de ingeniería genética en la producción de alimentos para paliar la escasez. El mensaje se vuelve a menudo desolador: ninguna civilización está a salvo de la degeneración.  La supervivencia tal vez resida sobre todo en la capacidad de asumir los cambios. Pero ¿esos cambios no serán los que desnaturalicen la propia esencia?. Sin duda una pregunta inquietante, casi nihilista, vacía.

Sin embargo la fusión de los elementos narrativos en esta segunda parte no alcanza la perfección de la primera Blade Runner. Juan Manuel de Prada lo ha resumido de forma exacta: La película se desarrolla en una especie de anestesia dramática en la que es imposible encontrar una escena tan icónica como la del discurso de las “lágrimas en la lluvia”. Tampoco hay una gran historia de amor —sin tener que referirnos exclusivamente al amor carnal— . Y los vínculos que unen a los protagonistas son frágiles, con lo que tampoco tienen mucho que perder o por lo que, en principio, sacrificarse. Los personajes se mantienen en una especie de sopor emocional que se amplifica con la sensación de que todo en la película está tan milimetrado que no puede sino asfixiar cualquier rastro de vida, de escurridiza verdad, al otro lado del objetivo. Todo funciona como un reloj suizo, pero todo es tan impecable que resulta artificial.

Esa ausencia de emoción lastra el resultado final de Blade Runner 2049 , la poesía ha sido sustituida por los efectos especiales, las lágrimas en la lluvia se han convertido en anestesia, en convencionalismo, brillante sin duda, pero a última hora insuficiente. Tal vez sea el signo de nuestra época.

 


OPINA EN RAMBLA LIBRE