Albert Rivera, un patriota cabal con hechura de presidente del Gobierno



Albert Rivera. /Foto: elmundo.es.

Enrique de Diego.

¿Qué demanda social hay para reformar la Constitución? La de Carles Puigdemont y su pandilla de sediciosos. Quizás también la necesidad de Pedro Sánchez de obtener una victoria personal, y no parecer al dictado de Susana Díaz, pero ¿a qué precio? ¿Por qué y a cuento de qué dar esta victoria, por ahora moral, a los sediciosos? ¿Es precisa una reforma de la Constitución para acomodar a Cataluña que tiene casi todo transferido, como dijo Pablo Casado? ¿No es, ya de partida, un incentivo al golpe? ¿Es necesario reformar el modelo autonómico para reducirlo, como sería lo lógico y necesario, o para ampliarlo, como suicidio de España? ¿No se están poniendo las bases para un problema mayor?

¿Por qué no se ha aplicado el Código Penal a Carles Puigdemont, claramente incurso en delitos de sedición y rebelión? ¿Por qué se habla tanto del imperio de la Ley, cuando de continuo se transgrede con total impunidad, y por qué es tan importante respetar la Constitución cuando al tiempo se establece el compromiso de las dos fuerzas mayoritarias por cambiarlas?

No me duelen prendas en reconocer que Ciudadanos, que tiene un secretario de organización que me parece una nulidad y que ha hecho un destrozo de partido, está a la altura de las circunstancias, con claridad de juicio, fortaleza de convicciones y acierto en las medidas a tomar. En estos días ha estado notablemente bien Inés Arrimadas y Albert Rivera ha mostrado hechura de presidente de Gobierno.

En su discurso en el Congreso conectó con mucha gente harta de tanto devaneo y de tanto apaciguamiento: “La inmensa mayoría del pueblo español se va acabar enfadando si no se respeta la Constitución”.

Rivera conoce el escenario en el que nos estamos moviendo y denuncia con acierto la inacción: “Yo le apoyaré, señor Rajoy, en la defensa de la Constitución, pero hay que actuar. Tome conciencia del problema. Es todo un chantaje, un engaño, un teatro.  Me preocupa que todos estemos pendientes de que casilla va marcar Puigdemont sobre si declaró o no la independencia”.

Albert Rivera está actuando como patriota cabal: “Le pido al Gobierno que tome altura y conciencia del problema. Nos estamos jugando España. Nos jugamos el respeto de nuestros ciudadanos. Vamos a actuar sin complejos, con firmeza, para que cese la actividad ilegal antidemocrática”.

El convergente Carles Campuzano tildó a Albert Rivera de “falangista” y hubo de retirarse el calificativo. Una exageración de estos tiempos de corrección política. Primero, el patriotismo no es patrimonio de nadie, ni de derecha, ni de izquierda, ni de centro, sino que va suyo, es un claro fundamento exigible, como se hace en todas las naciones democráticas. Y, en términos de unidad de España, los falangistas son ejemplares. Ya en 1934, José Antonio Primo de Rivera, en momento similares a estos, organizó una manifestación de apoyo al Gobierno que estaba en sus antípodas, pero que estaba defendiendo la unidad nacional.

Este pacto oscuro de reforma de la Constitución entre PP y PSOE, esta especie de “gran coalición” de hecho, va a plantear serios interrogantes a Ciudadanos. Ayer Mariano Rajoy estuvo displicente y en algunos momentos retador contra Albert Rivera. Si esa reforma de la Constitución fuera del tipo de las que es peor el remedio que la enfermedad, Ciudadanos estaría obligado a distanciarse del PP y a echarlo en manos de la izquierda. Y no vendría mal que desde ahora mismo, Albert Rivera le pidiera explicaciones a Mariano Rajoy de hasta dónde llegan sus compromisos.


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