La gran victoria cristiana de Lepanto contra el turco



Lepanto. /Foto: blogs.upm.es.
Lepanto. /Foto: blogs.upm.es.

Enrique de Diego

Avistada la flota turca en el Golfo de Lepanto, entre el Peloponeso y el Epiro, los capitanes solicitaron consejo de guerra a don Juan de Austria, quien zanjó: “Señores, no es tiempo de debates, sino de combate”.

Aquel Jeromín, educado en secreto en Leganés, bastardo del emperador, tenía ahora en sus manos el destino de la Cristiandad. Antes de iniciar la batalla, como el último cruzado, Don Juan de Austria, de hinojos, con gran unción, oró por la victoria. Antes de zarpar, se había previsto mantener “el espíritu religioso” en la flota. En Roma, San Pío V, impulsor de la Liga Santa, había convocado un rosario público en la Basílica de Santa María la Mayor y a la intercesión de la Virgen del Rosario se achacó la gran victoria.

Ahora nada está decidido. Las dos flotas son impresionantes. La turca, belicosa, con órdenes de salir a destruir a la audaz flota cristiana, comandada por Alí Bajá, está compuesta por 221 galeras, 38 galeotes y otros barcos menores, con 750 cañones y 83.000 hombres, entre ellos galeotes cristianos esclavizados. La cristiana forma con 207 galeras, 6 galeazas, de superior capacidad de fuego y de las que se espera mucho, aunque no serán decisivas, y 20 navíos armados, además de bergantines y fragatas, con 1215 piezas de artillería. Van embarcados soldados de los Tercios con picas y arcabuces; la infantería de Marina, gran aportación española al arte de la guerra.

El turco se enseñorea del Mar Mediterráneo, en corso dificulta el comercio, ataca las costas cristianas y hace esclavos, lucrativo comercio que mantiene a Argel y a toda la Berbería. El año 1570, los otomanos atacan Chipre, el último bastión del reino cruzado de Jerusalén. Toda la Cristiandad está en peligro, si bien Francia siempre anda en tratos con el turco contra Felipe II, por envidia e inquina a los Habsburgo.

El Papa San Pío V aúna fuerzas; arma galeras, financia soldados, mueve diplomacia. La República de Venecia entra en la Liga Santa, junto con España, que aporta lo mejor de mejor de sus grandes hombres de mar y de armas, junto a don Juan de Austria, Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, Alejandro Farnesio, Luis Requesens y Juan Andrea Doria. También aportan contingentes menores la Orden de Malta y el ducado de Saboya.

Las relaciones entre venecianos y españoles han sido tensas. Don Juan de Austria traslada infantería española a las naves venecianas, lo cual resultará muy positivo. En una de ellas, estalla una reyerta, un español mata a un veneciano, y el capitán del buque lo cuelga del palo mayor. Todo está a punto de venirse al traste. Pero esta alborada fría del 7 de octubre de 1571 es agua pasada. El viento rola hacia el oeste, lo que beneficia a las naves cristianas y todos los entienden como un beneficio de la Providencia.

Don Juan de Austria va en la nave capitana, La Real, comandando el centro. Hacia ella se allega amenazadora La Sultana, buque insignia de Alí Bajá. Entre ellas se librara una de las contiendas más cruentas de la gran batalla, “la más memorable ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, como la calificara un héroe de la jornada, insigne espada y pluma, Miguel de Cervantes, quien perderá la movilidad de la mano izquierda, el “manco de Lepanto”. A lo largo de toda la jornada, estarán acudiendo naves y subiendo soldados a La Real, como jenízaros a La Sultana. Los arcabuces van a ser una de las claves. Sus disparos causan estragos, como las picas y los abordajes, en los que los españoles son temibles. Los turcos prefieren arcos y flechas pues suponen que implican mayo capacidad de tiro.

El otro gran escenario de la batalla es el flanco derecho de la formación cristiana, donde Juan Andrea Doria se les ve y se las desea para no ser superado y rodeado. Pero ese día está el invicto Álvaro de Bazán en racha, seguro en la retaguardia y manda 20 galeras a cubrir los huecos.

Luis Cabrera de Córdoba, uno de los combatientes, describirá: “Jamás se vio batalla más confusa; trabadas de galeras una por una y dos o tres, como les tocaba… El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua las cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima, parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con tiros los cristianos. A otros que nadando se arrimaban a las galeras para salvar la vida a costa de su libertad, y aferrando los remos, timones, cabos, con lastimosas voces pedían misericordia, de la furia de la victoria arrebatados les cortaban las manos sin piedad, sino pocos en quien tuvo fuerza la codicia, que salvó algunos turcos”.

Álvaro de Bazán acudirá en otro momento decisivo al centro, donde La Real gana su tremendo duelo. La victoria es completa. Solo 30 galeras turcas se salvan del desastre.

El turco ha sido humillado y frenado en sus ansias expansivas.

Repicarán las campanas a gloria por la Cristiandad aliviada. La plegaria de don Juan de Austria ha sido grata al Cielo. Laus Deo.

 


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