Luis Bru.
La tía Paqui es una adicta a Losantos, pero ya se aburre con el mismo soniquete del monaguillo de Orihuela del Tremedal, y ha encontrado su divertimento en las aventuras sexuales, que entran ya de lleno del campo de la épica, y la verdad es que se lo pasa bomba con el picha brava murciano de la gomina. Hay que agradecerle a Merlos que nos haya servido de divertimento y distracción en este duro confinamiento, al que tanto nos animaba él, y haya servido de distracción ante la hecatombe de la España del día después, de paro, deuda, contracción del PIB, ERTEs, concurso de acreedores.
La tía Paqui ya le echa cuatro amantes o novias a la vez y un morro que se lo pisa. «A todas les decía lo mismo», dice entre risas a mandíbula batiente, «que se iba a casar con ellas y la madre de Marta López le comentaba un día sí y otro también, hasta el mismo día que sale la jovencita en paños menores, que me caso con su hija para septiembre». Prometer hasta meter, es el lema del donjuanismo cutre. La tía Paqui no para de reír y exagera entrando de lleno dentro de la leyenda: «a todas les regalaba el mismo anillo de pedida», a las cuatro, aunque sólo consta que se lo regalara a Marta López, al menos regalaba algo, no una baratija; y le decía «cariño, cómo has dormido esta noche, ¿me has echado mucho de menos?».
La tía Paqui, sin parar de reír, como es muy de derechas, intercala algunos juicios morales negativos del tipo de «todos los murcianos son iguales», que vaya usted a saber qué experiencias de juventud tendrá ella, «¡qué sinvergüenza! Ese tío tenía un harén», porque está empeñada en que eran cuatro las amantes, y con todas para casarse. «Es un enfermo, adicto al sexo», y se troncha. Se podía hacer una película de risa, o algo así como «Historias de la cuarentena». Gracias, Alfonso Merlos, has traído algo de humor a esta España atribulada de la pandemia, el confinamiento y la recesión. En el pecado está la penitencia, dice el sabio refranero.