Yolanda Cabezuelo Arenas.
Todos teníamos curiosidad por saber cómo habría encajado Letizia el masivo rechazo hacia su persona que se palpa en la sociedad española, no fuera a ser verdad la pamema de que estaba preocupada y dolida; y hoy, en su primera aparición pública tras el escándalo, hemos podido comprobar que efectivamente no está ni preocupada, ni dolida: si acaso molesta por verse descubierta y en evidencia.

Lo que no podremos comprobar tan facilmente es la reacción de la Princesa de Asturias, y cómo habrá encajado ella las críticas a su madre y a ella misma; porque a pesar de comprender que se trata de una niña, el gesto del manotazo a su abuela la delata como más Ortiz que Borbón, y se comenta, con razón, que la parte Ortiz no merece el Toisón de Oro.
Seamos consecuentes: pretender perfección absoluta en un niño es tarea imposible. Cualquier chiquillo es capaz de dar un manotazo; solo que a otro chiquillo cualquiera se le hubiera recriminado al instante y seriamente su actitud, y en cambio con esta niña sus padres han actuado como si no hubiera ocurrido absolutamente nada. Es más, en los momentos posteriores al encontronazo, Letizia mantiene con la niña cierto pitorreo: un momento de risas seguido de la recomendación de parar. “No te rías”… Este momento nos permite tener la certeza de que la parte Ortiz ha tenido un efecto invasor, y que Leonor va camino de seguir los pasos de su madre.
Lo ocurrido en Mallorca tiene otra importancia añadida: se ha borrado de un plumazo la imagen idílica que querían trasmitirnos de esa familia. Leonor ha pasado de causar lástima por el tedio insoportable con que la rodean; y por la sopa Minestrone; y por no poder comer ni un triste caramelo de anís para que a su madre no la consuma la neurosis, a causar rechazo: porque el español medio puede más o menos transigir con costear del bolsillo común la educación de una futura reina, aun cuando el coste sea desorbitado, pero cuando se percata de que el sablazo público se invierte en consentir o maleducar a una futura Letizia, empieza a doler el bolsillo y a preguntarse si no estaremos haciendo el idiota.
Los únicos que han podido captar en toda su crudeza las consecuencias del encontronazo son los Eméritos y Don Felipe. La parte Ortiz se reafirmará, como siempre, en su creencia de perfección propia, y Leonor no puede menos que tener el desconocimiento de sus pocos años en lo que al mundo se refiere. De poder hacerlo, comprenderían que la actitud de la madre ha arrastrado a la hija, como cargaban en la tradición bíblica los hijos con los pecados de los padres. Los pecados de la madre son la imprudencia y la soberbia, y el del padre la excesiva tolerancia.
Ya en el Colegio, Letizia era una niña altiva y de difícil trato
Estos días he investigado el pasado de Letizia Ortiz Rocasolano, no con intención de esgrimirlo para dañar aún más -si cabe- la reputación que se ha ganado ahora, sino para buscar similitudes en su carácter con el de Leonor. He encontrado declaraciones de antiguas compañeras de colegio, que ya tenían a Letizia en aquellos años por una niña altiva y de difícil trato; y las he comparado con otras recientes de algunos padres del colegio de Leonor, para llegar a la conclusión de que la historia se repite. Si Letizia era altiva sin motivos para serlo, figúrense ustedes en qué puede degenerar esa propensión cuando se es Princesa de Asturias.
Por lo visto la niña exige que le hagan reverencias, y la madre impone en el colegio el menú tan frustrante para cualquier niño que las Infantas padecen en casa. El resto del alumnado tiene que tragar -y nunca mejor dicho- con la obsesión alimentaria de Letizia, y lo curioso es que nadie reclame ni denuncie formalmente semejante abuso. Son situaciones que, de persistir, deberían dar lugar a cambiar de colegio a los niños; y ésto, si son ustedes padres, lo van a entender perfectamente: imaginen que pagan un colegio privado, y un comedor, y que su hijo no puede comer pasta, ni carne, ni croquetas, ni siquiera de forma ocasional, porque el centro quiere dar gusto a Letizia. ¿No reclamarían? ¿verdad que sí? Pues, por lo visto, no sirve para nada.
El tema de la alimentación ecológico-obsesiva no contribuye, como resulta evidente, a que las Infantas resulten queridas entre sus compañeros. En este caso las niñas, preciso es decirlo, no tienen culpa, pero de las reverencias sí que la tienen. Y eso que parecían tan sencillas en el montaje aquél de familia feliz que nos colaron, y que tan artificial nos resultó a todos. Cayó mejor Sofía que Leonor, por espontánea, y porque las morisquetas se interpretaron como llamadas de atención propias de una niña condenada a ser para siempre la sombra de su hermana; la ignorada; aquélla que recibe atenciones más destinadas a no causarle un trauma que a manifestarle cariño. Las dos Infantas dieron la impresión de ser dos niñas prisioneras de una rigidez insoportable, en una familia irreal.
Personalmente lo ví como el resultado de otorgar a una persona caprichosa el poder de crear un ambiente ad hoc; como si Letizia hubiese moldeado al marido que quiere tener, y a las hijas para que no se aparten un ápice de su idea de perfección, y ninguno de los tres osara contrariarla; pero como por otra parte, en la entrega del Toisón, Don Felipe ponía tanto énfasis en el espíritu de sacrificio, en el deber, y en la responsabilidad que lleva pareja el título de Princesa de Asturias, todavía cabía la esperanza de que la parte Borbón lograra prevalecer a la parte Ortiz. Para ello contábamos también con la ayuda inestimable de la Reina Sofía…
…Y ahora venimos a enterarnos de que tampoco se le permite a Doña Sofía la compañía de sus nietas, y de que quien se encarga de guiar a las Infantas es ¡Paloma Rocasolano!, como si Letizia y Telma fueran ejemplo de simpatía y corrección. Y nos venimos a enterar también que Don Felipe no se impone, y consiente estos desprecios reiterados, y crueles, a su propia madre. Se ve que Letizia tiene maneras retorcidas de vengar en los demás el saberse inferior.
El problema es a que la futura reina le están marcando el mismo camino.