Enrique de Diego.
Elon Msuk nació y creció amamantado con las subvenciones estatales. Era, y sus negocios todavía lo son, puro globalismo. Surgió de las entrañas de Silicon Valley. Del mal absoluto con ausencia de todo bien. De los psicópatas y soiópatas.
Ha llenado las naciones de bombas de relojería en forma de coches eléctricos, con sus batería de litio, que no otra cosa son esa mentira cochina de la mierda de Tesla. De su ensoñación de colonizar Marte quedan una serie de fracasos. Con Starlink tiene su sueño húmedo del transhumanismo, de ponernos a todos un chip en el cerebro, ya lo ha conseguido con uno, no cesa en sus obsesiones, auténticas paranoias. Al igual que ahora plantea taxis automáticos para hundir todo el sector del transporte, que se rebelará y hará una reivindicación sana del movimiento ludista. Ya empiezan los ejectivos del cochecito eléctrico a pedir más subvenciones. Mal comienzo.
Este es de lo que sabe vivir. Tiene un hijo trans, que es estéril, que no quiere saber nada de él poruqe ha sido infectada en la mente por el virus woke, pero él fue el que firmó que lo destruyeran. Porque lo engañaron, se ha justificado él. Porque ha coqueteado con el globalismo woke y se ha quemado.
Steve Bannon le ha calificado como un «personaje malvado». Es un fantasma en la corte de Donald Trump, el fantoche.
Ha echado abajo de buenas a primeras las promesas de Trump de expulsar a los emigrantes irregulares; menos a los que son mano de obra barata para sus mierda de corporaciones. Bien, ha devuelto la libertad de expresión a Twitter, a X, pero cuando se le ha criticado a él no le ha temblado el pulso para censurar. Dice Andrew Torba, el director ejecutivo de gab.com, que no hay que bajar la guardia, que vienen cuatro años de lucha y que la complacencia es peligrosa y ¡suicida.
Musk ha sido globalista, una degeneración de la naturaleza humana de la que es muy difícil salir, casi imposible.