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El liberalismo es el último refugio de los estúpidos: ahora a favor de la eutanasia

Redacción




Enrique de Diego.

El liberalismo es el último refugio de los ignorantes y de los estúpidos. El ejemplo paradigmático es Federico Jiménez Losantos que se pone a resucitar a Inés Arrimadas. Otro estulto refugiado en el liberalismo, que ya frcasó en el siglo XIX, es su discípulo Juan Ramón Rallo, que escribe en El Confidencial un soporífero artículo a favor de la eutanasia, cuya conclusión es que todo liberal debe estar a favor de ella porque es una consecuencia de la autonomía del hombre y de su libertad.

Dice Rallo, estrella de Libertad Digital y a sueldo de la patronal, que todo se sabe, que «mientras que la obligación a la eutanasia supondría un ataque radical contra la libertad de las personas —en tanto en cuanto implicaría una negación de su derecho a la vida—, el derecho a la eutanasia no conculca en principio las libertades de nadie: al contrario, negar el derecho a la eutanasia equivaldría a la imposición de una obligación a vivir (una obligación a mantenerte vivo), lo cual sí atentaría contra el derecho a la vida de las personas (al igual que la obligación de trabajar atenta contra el derecho de trabajar de un individuo)». Supongamos que en las residencias de ancianos hay unos señores muy mayores que son coaccionados por sus familiares para darles gollete. ¿Ha pensado el soplagaitas liberal, al estilo Losantos, en esa posibilidad? O en casos de depresión, cuando uno lo ve todo negro, y se le mata sin hacer el esfuerzo de curarle…Estudie este maestrillo el caso de Holanda, a ver dónde queda su teoría.

«Todo derecho puede, a su vez, caracterizarse como un derecho positivo o como un derecho negativo: el primero implica la potestad de obligar a otras personas a que me administren la eutanasia aun en contra de su voluntad; el segundo, que nadie me impida consensuar con otra persona el que esta decida voluntariamente administrarme la eutanasia. Mientras que hay razones de peso para argumentar que un derecho positivo a la eutanasia conculcaría las libertades de aquellos que —por cualesquiera razones, entre ellas las morales— se opusieran a administrarla, se me hace muy complicado imaginar razones por las cuales un derecho negativo a la eutanasia (el derecho a autorizar a otra persona, dispuesta a ayudarme, a que ponga fin a mi vida sin repercusiones penales) pueda violar las libertades de nadie. O dicho de otra forma, se me hace muy complicado imaginar razones por las cuales un liberal pueda oponerse ‘prima facie’ al derecho (negativo) a la eutanasia».

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«Afirmaciones del estilo de que “la vida es sagrada” o que “nuestra vida no nos pertenece a nosotros, sino a Dios” pueden ser creencias que un liberal suscriba como parte de su fe religiosa privada, pero no son afirmaciones que debiera trasladar a la esfera pública: en la esfera pública, el sujeto de derecho es el individuo y es cada individuo quien decide cómo desea vivir (o no vivir) su vida. Al cabo, si nuestra vida es un don divino y poniendo fin a ella estamos atacando algún precepto sacro superior, esa será una deuda que deberemos saldar en el orden espiritual, no en el temporal. En el temporal, somos soberanos para decidir si queremos ser virtuosos o viciosos (definamos como definamos tales términos) siempre que tales virtudes o tales vicios no ataquen las libertades de terceros». ¡Ya está! La gilipollez, no muy alejada del socialismo, de que la religión es muy buena pero en privado, cuando los liberales siempre han ido a la trágala y con la desamortización del salvaje y satánico Mendizábal.

«La única razón que alcanzo a concebir por la que un liberal, como liberal, podría oponerse al derecho a la eutanasia no es deontológica sino consecuencialista: si reconociendo el derecho (negativo) a la eutanasia indujéramos a las personas a que tomaran decisiones irreversibles de las que cabe suponer que, en caso de seguir vivos, se arrepintieran o si, todavía peor, reconociendo el derecho (negativo) a la eutanasia abriéramos la puerta a legalizar asesinatos perpetrados por el Estado en contra de la voluntad de sus víctimas, entonces acaso cupiera argumentar que, ‘por prevención’ frente a ataques mayores a las libertades de inocentes, el derecho a la eutanasia debería quedar vetado dentro de una sociedad». Pero ese resquicio es prontamente cerrado por Rallo, para quien «este último razonamiento —aunque potencialmente encajable dentro de un marco de pensamiento liberal— se me antoja, sin embargo, muy insuficiente para justificar una oposición al derecho (negativo) a la eutanasia».

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«Sucede que, leyendo la proposición de ley, se me ocurren pocos aspectos que quepa modificar para volver más garantista el derecho a la eutanasia. En primer lugar, el ejercicio del derecho se limita a aquellas personas con enfermedades que las invaliden físicamente y les generen un sufrimiento grave o a aquellas con enfermedades incurables que limiten el pronóstico de vida de un individuo y le generen un sufrimiento grave: es decir, se impide que, por ejemplo, personas con depresión, o con enfermedades graves pero curables, inicien un procedimiento de eutanasia. En segundo lugar, se requiere que el paciente solicite el ejercicio de su derecho a la eutanasia en dos ocasiones separadas por 15 días de diferencia, estando en “pleno uso” de sus facultades y después de haber sido informado ‘por escrito’ de las distintas opciones médicas a su disposición: es decir, se busca evitar que el paciente tome una decisión forzada, precipitada y desinformada».

Sí, hombre, nos chupamos el dedo, el aborto también empezó en unos pocos casos, tres, límites y ha terminado en derecho, que es de lo que se trata, y propugnaba Federico Jiménez Losantos cuando vio la luz y dejó de ser comunista para ser liberal, porque era más rentable. Un liberal, al fin y al cabo, en cuestiones de moral y de derecho a la vida, es un socialista desorejado. La agenda amoral es antes que socialista, liberal. Ya lo dijo el Padre Ripalda, «el liberalismo es pecado», y el tiempo, y los liberales, le dan cada día la razón.