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Lo real, lo verdadero

Redacción




Andrew Torba. CEO de Gab.com.

En una era en la que la realidad se fabrica, se cura y se manipula mediante algoritmos, la mayor rebelión es insistir en lo que es real. La tecnología ha desdibujado las líneas entre lo genuino y lo simulado, entre lo natural y lo artificial. A medida que el contenido generado por inteligencia artificial llena los espacios digitales, los videos deepfake imitan a personas reales y las interacciones sociales se median a través de pantallas, muchos están empezando a preguntarse si la realidad misma está siendo erosionada. Para los cristianos, esto presenta un desafío profundo. El cristianismo es una fe arraigada en la verdad objetiva, en la realidad de la creación de Dios, en la resurrección física de Cristo y en el orden moral inmutable establecido por Dios. Sin embargo, el mundo moderno opera sobre una premisa diferente. Cada vez más, la realidad está siendo reemplazada por narrativas construidas, diseñadas para manipular la percepción en lugar de revelar la verdad. Los medios de comunicación ya no informan de hechos; curan respuestas emocionales. Las plataformas de redes sociales no fomentan la conexión humana real; incentivan la indignación, el desempeño y la conformidad. Incluso el entretenimiento está pasando de historias creadas por humanos a simulaciones generadas por inteligencia artificial, diseñadas no para reflejar la realidad sino para controlar lo que la gente cree que es real.

El peligro de este cambio es que las personas se desconecten no sólo de la verdad objetiva, sino también de su propia existencia. Cuanto más mediatizada está la vida a través de experiencias digitales, menos se relacionan las personas con el mundo tangible. Hoy en día, muchas prefieren la perfección seleccionada de Instagram a las imperfecciones de las relaciones reales. Eligen la música generada por inteligencia artificial en lugar de las actuaciones en directo, las experiencias virtuales en lugar de las aventuras físicas y las comunidades en línea en lugar de la realidad caótica y exigente de la interacción humana. El resultado es una sociedad cada vez más solitaria, ansiosa y alejada de lo real.

No es casualidad. El impulso hacia un mundo totalmente digital beneficia a quienes buscan controlar la sociedad. Las personas que están desconectadas de la realidad son más fáciles de manipular. Si están inmersas en espacios virtuales, es menos probable que cuestionen los sistemas que gobiernan sus vidas físicas. Si extraen significado de personajes digitales en lugar de su verdadera identidad, son más susceptibles a la programación ideológica. Por eso el mundo moderno está tan ansioso por alejar a las personas de lo real: porque lo real es independiente, impredecible y a menudo incómodo para quienes desean imponer una narrativa singular.

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Pero los cristianos estamos llamados a vivir en lo real. Nuestra fe no es una abstracción digital; está cimentada en lo tangible, en la realidad de carne y hueso de Cristo. La Encarnación misma es un rechazo de lo artificial, una declaración de que la verdad no es un concepto ni una simulación, sino una persona: Jesucristo, que entró en la historia, caminó entre nosotros, sufrió, murió y resucitó en un cuerpo físico real. La vida cristiana no está destinada a vivirse desprendiéndose del mundo, sino en un profundo compromiso con él.

Para resistir el mundo artificial que se construye a nuestro alrededor, los cristianos debemos hacer un esfuerzo deliberado por recuperar lo real en cada área de la vida. Esto comienza con las relaciones. En un mundo donde las interacciones digitales están reemplazando la conversación cara a cara, debemos priorizar la conexión humana real. Esto significa pasar menos tiempo interactuando con personas a través de pantallas y más tiempo en presencia física con familiares, amigos y comunidades de la iglesia. Significa elegir estar completamente presente en el momento en lugar de distraerse con el ruido digital interminable.

Recuperar lo real también significa volver a un trabajo tangible y significativo. En una economía cada vez más impulsada por la automatización y el trabajo digital a distancia, muchas personas se sienten desconectadas de los frutos de sus propios esfuerzos. Se está perdiendo la satisfacción que proviene de construir, crear y cultivar. Los cristianos deberían tratar de recuperar un sentido de propósito en el trabajo participando en tareas que produzcan valor real, ya sea a través de la artesanía, la agricultura, el espíritu empresarial o los esfuerzos creativos que reflejen la belleza de la creación de Dios.

Otro ámbito crítico es el culto. Muchas iglesias han adoptado sustitutos digitales para las reuniones físicas, reemplazando la comunidad presencial con servicios transmitidos en vivo, grupos pequeños en línea y reuniones de oración virtuales. Si bien la tecnología puede ser útil en ciertas circunstancias, no reemplaza la presencia real del cuerpo de Cristo. La Iglesia no está destinada a existir como una colección de usuarios en línea incorpóreos; es una comunidad viva y palpitante que se reúne, canta, ora y toma la comunión juntos. Cuanto más permiten los cristianos que las experiencias digitales reemplacen la realidad del culto, más débil se vuelve la Iglesia. Debemos tener el discernimiento para crear un equilibrio adecuado y ordenado.

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Lo real también debe ser recuperado en el ámbito de la verdad misma. El mundo moderno prospera gracias al engaño: narrativas cambiantes, moralidad subjetiva e información generada por inteligencia artificial que distorsiona la realidad. Los cristianos deben comprometerse a buscar la verdad, incluso cuando sea incómoda. Esto significa leer las Escrituras con un corazón sin filtros, negarse a dejarse moldear por las tendencias ideológicas y estar dispuestos a oponernos a la falsedad incluso cuando sea impopular. Significa reconocer que la verdad no es creada por algoritmos o consenso masivo, sino que es revelada por Dios y no cambia a lo largo del tiempo.

Vivir en la realidad también requiere apreciar el mundo natural. En una época en la que las personas pasan la mayor parte de su vida en espacios cerrados, frente a pantallas, desconectadas de la naturaleza, es fácil olvidar que la creación de Dios es una fuente de alegría, belleza y sabiduría. Hay algo profundamente arraigado en caminar por un bosque, cuidar un jardín o contemplar un amanecer que ninguna experiencia digital puede reproducir. Los cristianos deberían hacer un esfuerzo intencional por pasar tiempo en el mundo real, apreciando y cuidando la creación que Dios nos ha dado.

La batalla entre lo real y lo artificial es espiritual. El enemigo busca distorsionar la realidad, llevar a la gente a la ilusión y al engaño. Pero Dios es el autor de la verdad, y quienes lo buscan siempre encontrarán lo que es real. Cuanto más nos sumerjamos en su presencia, en su Palabra y en su creación, menos nos dejaremos influenciar por el mundo artificial que se está construyendo a nuestro alrededor. A medida que el mundo avanza hacia la era digital, la tentación será la de abrazar la comodidad a expensas de la autenticidad. Pero los cristianos debemos resistir. Debemos construir vidas que estén arraigadas en lo que es verdadero, lo que es tangible y lo que es eterno. Lo real siempre sobrevivirá a lo artificial, porque lo real se funda en Dios mismo. Y al final, es solo lo que es real lo que permanecerá.

Jesucristo es el Rey.