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Carta del Editor: Peor que en Sodoma y Gomorra, ¡hay que parar ya!

Redacción




Enrique de Diego.

El día de la infamia por antonomasia es el 22 de enero de 1973, cuando la Corte Suprema resolvió (por siete contra dos) en el caso «Rode vs, Wide» que la opción de elegir un aborto durante el primer trimestre de embarazo era un privilegio constitucional fundamental. La matanza irrestricta comenzó con un sofisma judicial, ya que se basaba en que la Decimocuarta Enmienda, que garantiza la libertad personal como parte de un proceso justo, incluía un derecho a la privacidad que las leyes por vida violaban. Ese fallo implicaba que todas las leyes estatales que prohibían el aborto eran anticonstitucionales y nulas. Como resultado del fallo de la Corte, hasta principios de la década de los 90 se realizaron 30 millones de homicidios en el vientre materno, a un ritmo de 1.600.000 por año. Un estudio de la Asociación de Paternidad Planificada, la organización que se lucra del aborto, mostró que los abortos se concentraban en mujeres blancas o negras que cohabitaban con muchos hombres y que utilizaban el aborto como extraño método anticonceptivo, llegando a sumar dos, tres y más. La gran mayoría de las mueres americanas no recurrió al aborto durante su vida.

Del método anticonceptivo se ha llegado a un negocio muy lucrativo para los psicópatas codiciosos mediante la utilización de tejidos fetales que se usan por las perversas y pervertidas farmacéuticas, para hacer, por ejemplo, las pésimamente llamadas vacunas contra el coronavirus, un hecho tremendo que ha sido banalizado ni más ni menos por la Congregación para la Doctrina de la Fe, que debería cambiar su nombre por Congregación para la Apostasía y la Cultura de la Muerte; negocio que en Ucrania ha llegado a una industria de fetos.

Cultura de la muerte la denominó el gran San Juan Pablo II, añorado en estos tiempos sombríos, en los que Bergoglio se empecina en difundir e imponer el mal, de lo que tendrá que responder ante la justicia humana y la Divina. La cultura de la muerte desde aquel 22 de enero de 1973 no ha hecho otra cosa que expandirse, entre la indiferencia de la mayoría y la beligerancia de algunos hasta ser considerado el más grave asesinato como un derecho y ser el espolón de la abominación de la desolación del feminismo. Esa cultura de la muerte ha impregnado todo el espectro político, desde la izquierda al liberalismo sin moral; a título de ejemplo Federico Jiménez Losantos es uno de los pioneros en pedir el aborto libre en toda la gestación y en cualquier circunstancia, y a pesar de esas delirante y criminales ideas fue fichado por los codiciosos obispos para su emisora.

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Se ha llegado demasiado lejos. Mucho más que en Sodoma y Gomorra, dentro de los planes satánicos, sin los que no se entiende nada de lo que está sucediendo. Lo cierto y escandaloso es que los Estados de California y Maryland van a estudiar leyes que aprobarían el asesinato del bebé en los primeros meses de su vida, denominándolo aborto posparto; siempre el gusto de los asesinos por el eufemismo. Va de suyo que en ese mundo del aborto se dan personalidades psicopáticas y sociópatas. Maryland significa la Tierra de María y es -o fue- el Estado católico por excelencia y es altamente significativo que los católicos hayan llegado a tales niveles de degradación y perversión de la mano del satánico partido demócrata y con el concurso de católicos hipócritas, degenerados y perversos como Joe Biden y Nancy Pelosi.

El aborto puede ser rechazado por cuestiones de orden natural, pero ha llegado el momento de manifestar su repudio religioso, como obra de satán, preferida de lucifer que gusta de los sacrificios humanos de los más indefensos. Son unos hijos de satanás los que lo promueven y practican. Hasta en el depravado Imperio Romano el nasciturus tenía derechos y personalidad jurídica. Apunto sólo que el aborto va de la mano de la legalización de la pedofilia, Peor, mucho peor que en Sodoma y Gomorra, que merecieron el justo castigo de Dios por sus abominables pecados. Todos tenemos responsabilidad en el horrendo crimen pues es consecuencia de nuestros pecados y como le dijo la Virgen a la pequeña vidente de Fátima, el mayor número de condenados al infierno lo eran por los pecados de la carne. Debemos, pues, fortalecernos con la oración y la mortificación y con la ascesis personal para dar este combate, parar esta deriva abominable y revertir completamente la situación. O, como escribió en La Tercera Campanada, en 1974, San Josemaría Escrivá de Balaguer: «toda una civilización se tambalea, impotente y sin resortes morales».

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Nos jugamos la civilización. Lo hemos visto con los globalistas, propagadores del odio a la especie humana, atacando a las poblaciones indefensas e incautas, y a los niños, con una timo vacunación genocida que se cobra miles de vidas cada día. Nos jugamos el ser humanos. Nos jugamos ser merecedores del castigo de Dios si no decimos basta ya, hasta aquí hemos llegado en la degradación, la abominación de la desolación, si no rechazamos este despropósito propio de mentes asesinas y volvemos a restituir el útero materno en un claustro de dignidad para el nasciturus. No merecemos sobrevivir si no lo hacemos. Y vamos a merecerlo porque lo haremos. Hay que ser radicalmente pro vida. Vade retro, satanás.