Enrique de Diego.
Cuando era subdirector de la revista Época, realicé un viaje a los restos del naufragio del vidal-quadrismo. En ese momento, Zapatero había prometido a los separatistas concederles lo que le pidieran, una especie de cheque en blanco dentro del Estatuto, así que el secesionismo tenía nuevas señales de debilidad del Estado, la imposición lingüística era brutal, pero no se denunciaba, y el clima social era apaciguado, como la calma chicha que precede a las tormentas, como la que estamos viviendo ahora y especialmente desde el 1 O.
Me entrevisté con mucha gente de todo tipo con el punto en común de haber militado en el Partido Popular de Cataluña: hombres y mujeres, mayores y jóvenes, excargos del partido, exconcejales, exdiputados autonómicos, exmilitantes de Nuevas Generaciones. Los sentimientos transmitidos eran comunes: abandono, traición, escepticismo absoluto y desesperanza completa. Comprobé los efectos devastadores de la corrupción ideológica, por la que se solicita el voto para unas ideas, con un programa, y luego se deja a la gente en la estacada y se utiliza el voto recibido para meras y oscuras estrategias de poder. La conclusión es que el PP había vendido de manera tan total a su base social en Cataluña que sus posibilidades de resucitar eran nulas; sólo le quedaba un lento pero seguro camino hacia el testimonialismo y quizás la extinción.
Esa corrupción ideológica no la había perpetrado Mariano Rajoy, quien, desde luego, la culminó, sino que la había llevado a cabo José María Aznar, quien parece haber perdido por completo el sentido de la realidad o padece de una conveniente amnesia selectiva. Dice ahora que el entregó la derecha unida y ahora está fraccionada en tres ofertas políticas –PP, Ciudadanos y Vox-. Sin embargo, quien creó Ciudadanos fue Aznar, igual que Rajoy ha creado a Vox.
Para acceder a La Moncloa en 1996, José María Aznar se entregó a Jordi Pujol –y al PNV-, claudicó en Cataluña y entregó indefensos a los militantes del PP catalán a la inquina separatista. Fueron las de Aznar altas traiciones de mucho calado: no recurrió la Ley de Normalización Lingüística de Pujol, que convirtió las escuelas catalanas en campos de concentración separatistas, y dio órdenes al Defensor del Pueblo para que se inhibiera. Cediò por completo la competencia de orden público a la Generalitat y favoreció el despliegue de los mossos. Los dos pilares básicos de la ingeniería social totalitaria de los secesionistas. Y como una última componenda entregó la cabeza de Aleix Vidal-Quadras como presidente del PP catalán y proscribió todo el discurso españolista y antinacionalista del PP.

Ese falso héroe que es Vidal-Quadras aceptó el holocausto de los militantes a cambio de su salvación personal, recogido en la FAES y luego en la sinecura del Parlamento Europeo, donde llegó a ser vicepresidente, antes de poner en marcha Vox cuando vio que el acuerdo mercantilista tocaba a su fin. Antes, a través de Convivencia Cívica Catalana encargó una encuesta sobre las expectativas electorales de un partido o candidatura producto de una escisión del PP y el resultado fue alentador: una estrategia de ese tipo hubiera cosechado 4 diputados autonómicos. Pero Vidal-Quadras prefirió el sueldo seguro que se le ofreció y dejó la encuesta sin pagar. Los concejales que bizarramente le habían seguido no tuvieron la misma suerte: se quedaron en tierra de nadie, ridiculizados y vejados por los separatistas. A los militantes que habían dado la cara literalmente se la partieron. Nadie estaba dispuesto a pegar carteles. Era conscientes de que cuando el PP precisara al nacionalismo para ostentar cualquier cuota de poder serían de inmediato sacrificados.
Ese desfonde moral en el relativismo político y moral lo perpetró José María Aznar. Militantes y base electoral del PP catalán se han ido pasando en masa a Ciudadanos, en un proceso cada vez más acentuado y seguramente irreversible. La marcha de Xavier García Albiol resulta, en ese sentido, demoledora. El exalcalde de Badalona –un buen alcalde, que no debió abandonar ese cargo- sirvió para cerrar el paso a Plataforma por Cataluña, junto con los innumerables desastres provocados por Josep Anglada, y para intentar recuperar votos, pero el blandengue Mariano Rajoy cercenó toda posibilidad con un artículo 155 débil y vergonzante.

Ahora el PP intenta sacar fuerzas de flaqueza con Alejandro Fernández, persona de la confianza de Pablo Casado. Se le pretende dotar de un plus de legitimidad con unas primarias el 10 de noviembre. Su objetivo es “recuperarnos anímicamente” y tiene claro que “no compito con Inés Arrimadas sino contra el separatismo y Quim Torra”. Alejandro Fernández y Pablo Casado son los herederos de José María Aznar, el padre de la corrupción ideológica que convirtió el PP catalán en un páramo.