Javier de la Calle.
Un asunto en apariencia de salseo como la ruptura matrimonial de Álvaro Morata ha devenido en ser uno de los temas de la semana. Si durante las celebraciones de la Eurocopa hubiesen preguntado a alguien de la grada quien sería el último por el que apostaba por un divorcio ese sería Morata. El delantero puede tener todo el dinero del mundo, pero ya había logrado lo más valioso, como es una familia. Salta a la vista que Morata es una persona con un problema de inseguridad, devenido de interiorizar las críticas de sus detractores.
La ruptura de Álvaro y Alice afecta directamente a cuatro niños, que por su edad, no pueden entender plenamente lo que ocurre, pero cuyas consecuencias se multiplican por el mismo factor. Los comentarios de este affaire son bien distintos a los que se hubiesen realizado hace veinte años. Un reflejo del cambio social, donde un paseo sirve para preguntarse hacia dónde vamos.
Las bodas son cada vez más infrecuentes, aun así, el porcentaje de estas que acaban en divorcios superan el 60%. Las parejas parecen elementos de prueba. De estas uniones, el porcentaje de homosexuales ha crecido, por lo que los matrimonios hombre-mujer que finalicen sus días unidos van a ser mínimos.
Si el fin de la unión es la procreación, esta se sitúa en mínimos históricos. En España se realizan 100.000 abortos anuales, un horror que acompaña a la banalización del sexo. Para agravar todo tipo de problemas, buena parte de los recién nacidos son producto de padres inmigrantes, los cuales son auspiciados por los wokes, pero mantienen una moral tradicional según su origen.
Con todo estos elementos en liza al mismo tiempo el desastre está asegurado. Solo una revolución moral puede salvar a España del desastre.