Enrique de Diego.
A los 17 años marché de la Segovia de mis amores a Madrid, a estudiar en la Facultad de Ciencias de la Información, sección de Periodismo. Soy de la tercera promoción. Llevaba del Bachillerato del plan de 1957, buen bachillerato, Matrícula de Honor global. La Facultad fue un impacto en mis sueños juveniles pues era una cochambre y ha ido a peor, con masters para que saquen unos euros los profesores. Era la era juliana, por un ministro de Educación que se llamaba Julio Rodríguez, que quiso comenzar el curso en enero y terminarlo en diciembre, así que para ocupar mi tiempo el primer trimestre fui a clases de Derecho en el Colegio Universitario Domingo de Soto y me encantó. El Derecho Romano, el Político me entusiasmaron.
En Segovia, los sábados por la mañana, cada sábado por la mañana, con un grupo de amigos quedábamos para visitar y estudiar un monumento. Conozco la bellísima Segovia en todos sus rincones: las pinturas románicas de la Iglesia de San Justo y San Pastor, San Millán, el Monasterio de Nuestra Señora de El Parral, el Palacio del Campillo de Enrique IV, hoy Convento de San Antonio el Real, San Martín, San Juan de los Caballeros, la Vera Cruz, la Iglesia de Sotosalbos, que he visitado miles de veces. Por las tardes, en la Cafetería Niagara teníamos tertulia literaria: leíamos un libro y lo comentábamos. Siempre he sentido la fascinación por la historia y la literatura, como dos pasiones que me acicatean. El periodismo era, en principio, la profesión para cumplir mis sueños, luego se convirtió en pasión dominante.
El caso que estaba en Madrid y era cosa de no gravar a mis padres. Siempre he sentido la compulsiva pasión de la lectura y devenida ella, la de la escritura. Tenía que pagarme los estudios y me reinventé como agencia de colaboraciones. Mandaba artículos a periódicos de provincias e internacionales y al tercero publicado les ofrecía mi colaboración habitual y les indicaba mis retribuciones. Ganaba más dinero que el que me costaba el Colegio Mayor. Iba viento en popa. En tercero empecé a colaborar habitualmente en Abc en las Secciones de Cultura y Educación, donde me inventé una subsección de Universidad muy exitosa. Con Abc fui a cubrir un Congreso de castellano que se celebró en Salamanca y asistieron Miguel Delibes, Camilo José de Cela y Francisco Umbral. Tres referencias de excelencia en aquellas tertulias literarias juveniles; incluso hice una entrevista a Cela.
De la sección de Cultura me pasaron, a mi pesar, a la de Política y luego a jefe, el más joven de la Sección y mandándola. Fueron años de no tomar vacaciones ni fines de semana. Fui un puntal decisivo en el Abc de Luis María Ansón. Luego pasé al Ya de Ramón Pi como redactor jefe de Nacional e Internacional. Fui después delegado de Abc en Alicante, donde doble las ventas y dispare la influencia. Más tarde fui director de La Prensa de la provincia de Alicante de la que me queda un espléndido cuadro de la pintora Saro. En Canal 37 hice el programa Rambla, por el que mucha gente me recuerda con cariño. Fui corresponsal político de la revista Época y luego subdirector. En Intereconomía convertí a El gato al agua en un programa estelar e influyente y a Dando caña en otro, y en radio dirigí A fondo y un programa de culto, El país de las maravillas. Ahora tengo un papel señero y combativo contra los globalistas como editor de Rambla Libre que se bate el cobre en las ligas mayores, y que tiene su épica y su epopeya personales. Lo contaré otro día.
En el campo literario, he publicado más de veinte ensayos, entre ellos El socialismo es el problema, que sirvió para lanzar a José María Aznar hacia La Moncloa, como él mismo tuvo interés en destacar, Privatizar las mentes y El manifiesto de las clases medias, dos clásicos, en el que con carácter visionario anuncio y denuncio el plan para expoliar y exterminar a las clases medias, que hoy afrontamos.
Mis pasiones siguen siendo la historia y la literatura. He publicado cuatro novelas históricas, mi trilogía templaria, Corazón templario, La Lanza templaria y Las Navas, y El último rabino, Abraham Seneor, el amigo judío de Isabel la Católica, libro de culto en Segovia, donde he sacado del ostracismo al último rabino de las aljamas de Castilla y a todo el legado judío. Ahora lanzo su continuación, Segovia viva, que tiene ya numerosos pedidos de bibliotecas de Segovia. Estas novelas se venden en Amazon por elevados precios, por 750 euros. Cuando leyó Las Navas, Juan Manuel de Prada se quedó asombrado y me animo a escribir narrativa contemporánea, pero mis contemporáneos no tienen interés literario, aguijoneados por pequeños y satánicos vicios como la codicia.
Me preguntó la jueza Iris Valero Paredes si tengo conocimientos jurídicos. Soy un gran especialista en libertad de expresión y libertad de información. Por haberlo ejercido, en análisis del lenguaje. Por eso me produce una profuda tristeza la intensa incomprensión lectora, hasta el hastío y el más patente ridículo, de dos fiscales, José Antonio Artiada Gracia, jefe de Área de Elche, el que firma como J. F. Cortés, y dos jueces, la citada Iris Valero Paredes y el juez de piel final y vanidad herida Augusto González Alonso, titular por el cuarto turno del Juzgado de lo Contencioso Administrativo. Prefiero pensar que es una muestra del deterioro de los estudios de lengua española lo que explica su desatino, porque la otra hipótesis es aún más penosa: paranoia corporativa y gremial, abuso y arbitrariedad del poder. Consideran toda esta serie de juristas que he cometido un ilícito penal al escribir de un auto del inefable Augusto que «es una vergüenza que se dicten autos con tan poca fundamentación jurídica y tanta parcialidad…así no se imparte justicia sino tiranía arbitraria».
Un poco de comprensión lectora: me estoy refiriendo a un auto, no a la persona, utilizo, siempre, el castellano con bastante precisión. Y si bien Tom Hanks dice que tonto es el que hace tonterías, la prueba contundente de que no hubo, ni hay ni habrá objetivo desprecio a la verdad, condición sine qua non del malhadado delito de injurias y calumnias es que el quisquilloso Augusto González Alonso cambió radicalmente en la sentencia hasta darle la razón a las litigantes, una de ellas, el amor de mi vida. Pero en esta nación todavía los autos y la sentencias se acatan pero están abiertas a la crítica que es corolario de la libertad de expresión. He dicho «es una vergüenza» el auto de Augusto no que sea una vergüenza el juez, por lo que no puede haber, ni por asomo, injurias ni ilícito penal.
Ya me ocurrió en Elche que me llevó a los tribunales Ignacio Aguado, entonces vicepresidente de la Comunidad de Madrid y hoy nada y menos que nada, y la juez de Instrucción, Marta Alba Tenza, y el titular del Juzgado de lo Penal nº 1 se cerraron en banda a escuchar mis argumentos de que lo denunciado era verdad, la purita verdad, que Ignacio Aguado y la cloaca de Ciudadanos en las elecciones locales de 2015 procedieron a la compraventa de los puestos de salida y, poniéndole precio incluso en los tablones de anuncios, obligaron a los candidatos a financiarse la campaña funcionando como una franquicia. La voluntariosa Marta Alba Tenza me condenó a 2 años, el sorprendente juez de lo Penal lo rebajo a 1 año, que ya es decir. Eso por investigar y decir la verdad. Se me «acusó» de dar la noticia antes que nadie; raro premio a dar exclusivas. De nuevo falta de comprensión lectora o paranoia gremial. Hombre, la verdad no delinque y si bien yo era merecedor del Premio Pulitzer dos jueces ilicitanos me querían dar como castigo la trena. Por fin la Audiencia Provincial se atuvo a razones y fui absuelto con todos los parabienes, en una querella que ni tenía que haber sido admitida a trámite y no tener ningún recorrido.
En la del inefable Augusto, el de la piel fina, al que sus compas quieren echar una mano y congraciarse con él, va a tener parejo recorrido, porque amén de haber prescrito, con lo que Iris Valero Paredes, por Osiris que va a caer en una prevaricación como un castillo, no hay materia para montar tal zarabanda, no hay objetivo desprecio a la verdad, yo no me refiero al tal Augusto, el de la piel fina, sino a un auto suyo, a lo que tengo derecho según el artículo 20 de la Constitución. Así que ya estoy armado de paciencia y me dispongo a una batalla que absurdamente será larga y que no debía ni haber admitido la querella de Augusto palomo, yo me lo guiso y yo me lo como, y mis compas aprovechan para darse el festín en carne de periodista, porque los magistrados del Tribunal Supremo llamados «machistas» y «prevaricadores» por Irene Montero, con algún conocimiento jurídico más que Iris Valero Paredes, apellidos muy ilicitanos, con nombre muy faraónico, inadmiten querella contra la susodicha porque no hay materia y no deben dirimirse en la vida penal. Los mismos magistrados así tildados inadmiten, o sea, en último término, está ganado por casación por goleada.
En los juzgados de Elche, concretamente en el de Instrucción nº 5, presenté denuncia para que se parara la timo vacunación con la terapia génica, con el veneno de muerte, y con pretextos leguleyos se archivó una causa que hubiera evitado el genocidio que padecemos. Eso sí que ofende en grado máximo el sentido universal de lo que es justo que menciona Pericles en su Oración fúnebre, recogida por Jenofonte. La comparativa con la vanidad herida de Augusto resulta ofensiva y deja en el más patético ridículo a la Justicia en Elche o, por lo menos, a dos fiscales y dos jueces. ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra paciencia, Augusto?, digo, parafraseando a Cicerón en sus Catilinarias.