Las maravillas del fin del mundo (7): La inmigración innecesaria y destructiva



Invasión. /Foto: lanuevacronica.com.

Enrique de Diego.

Uno de los hechos más llamativos y sorprendentes es que cuantos nos anuncian y prometen las maravillas del fin del mundo, por las que seríamos prescindibles y exterminables, son partidarios y promotores de una inmigración innecesaria y destructiva.

Totalmente innecesaria, pues en la inminente era robótica el 85% de los trabajos ahora desempeñados por humanos pasarían a serlo por las máquinas. Y, desde luego, los inmediatamente eliminados serán los trabajos más manuales y repetitivos, que coincidirían, en todo caso, con los desempeñados por los inmigrantes de baja o nula cualificación. Aunque lo que vemos es que esos inmigrantes vienen, acarreados por las onegés globalistas, a vivir del cuento, como una población parasitaria fluctuante, que justifica, a cambio, los sueldos de toda la trama también parasitaria de los servicios sociales, camuflada bajo el concepto de humanitaria.

Se nos dijo que los inmigrantes iban a pagarnos las pensiones, lo cual era un delirio de manipulación, y las pensiones están ya cuestionadas y en peligro, entre otras cosas, por el coste adicional que ha representado y representa una inmigración que es un lastre y una siembra de presentes y futuros conflictos. Presentes, porque las sociedades europeas han visto como aumenta la inseguridad, lógico en grupos de personas sin trabajo viviendo de ayudas sociales, como se provocan abominables crímenes, en los que las mujeres llevan la peor parte, sin que las organizaciones feministas osen levantar su voz.

Se nos explicó, en un primer momento, que esos inmigrantes llegados en oleadas no quitaban, en ningún caso, trabajos a los autóctonos, sino que desempeñaban los trabajos que estos no querían. Pero en el inmediato futuro, en cualquier caso, esos trabajos serán desempeñados por robots, lo que hace la inmigración innecesaria y altamente indeseable. Por ejemplo, los trabajos del campo serán llevados a cabo por máquinas autónomas. Luego los inmigrantes deben volver a su casa de inmediato.

Como todo han sido mentiras, y los efectos perversos han sido cuantiosos, se nos admoniza de continuo con emergencias sociales y catástrofes humanitarias, se nos presenta como niños los adolescentes de las fracasadas sociedades musulmanas a los que sus familias despiden para que vivan a costa de los occidentales. Se trata de hacer pervivir a los ejecutivos de las onegés y de la trama de asociaciones pseudohumanitarias, subvencionadas por George Soros y una pequeña élite de multimillonarios, jugando con la humanidad a su destrucción.

Las cifras son aterradoras y hablan de una auténtica invasión. El año pasado, Italia acogió a medio millón de negros musulmanes, en lo que pretende ser un cambio racial, religioso y cultural. Alemania ha acogido a más de millón y medio de musulmanes, que viven del contribuyente. Europa se ha llenado de campamentos de ilegales que viven una vida nómada. Los judíos han vuelto a ser perseguidos en Francia y no pueden pisar algunos barrios. En Francia, pero también en Suecia, en esos barrios, surgidos del buenismo suicida, la Policía no puede entrar porque en ellos la Ley no existe.

Podría entenderse, aunque sea mi opinión, que los europeos, ante los riesgos del futuro, han decidido limitar su natalidad. Sin embargo, la élite mundial y la abundante financiación de Soros y su Open Society, junto a las entidades supranacionales con su sueño equinoccial de un gobierno mundial, insisten en que es necesaria una inmigración al igual que lo es la expansión de los robots, lo cual es claramente absurdo y contradictorio. Según George Soros, Europa debe admitir anualmente dos millones de inmigrantes, que son la inmensa mayoría musulmanes conflictivos.

Una interpretación es que George Soros, judío húngaro, trata de penalizar a la población autóctona a la que culpa del Holocausto, entrando de lleno en la responsabilidad colectiva que con tanto acierto diagnosticó y combatió el que tiene como maestro, Karl R. Popper. Algunas versiones apuntan a que Soros fue un colaboracionista nazi, que especulaba o traficaba con las monedas de los judíos adinerados, con lo que la venganza estaría adobada con ingentes cantidades de complejo de culpa personal. La cuestión de fondo es que no hay nada humanitario en el esquema, sino un buenismo destructivo: se pretende exterminarnos, mientras nosotros ponemos el dinero, alimentando a las redes clientelares de la corrección política y con la complicidad culpable de nuestros políticos.

¿Para qué precisamos una inmigración cuando no trabaja y si lo pretendiera iba a ser sustituida por robots? Es sencillo de entender: se trata de romper el sentido de comunidad que haría a las sociedades, a las naciones europeas resistentes y refractarias a su exterminio, introduciendo el conflicto en sus vidas cotidianas y cuando pretenden resistirse a este monumental desquicie se las atenaza y persigue con anatemas de racismo y xenofobia. El multiculturalismo trata de desarmarnos para luego exterminarnos.


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