La venganza de Aznar



José María Aznar con Albert Rivera. /Foto: elplural.com.

Miguel Sempere.

El objetivo de José María Aznar es la desaparición del PP. Resulta una ironía del destino en quien fue el refundador de AP al PP y el presidente de honor de ese partido, pero esa es la realidad. El partido de Aznar y de FAES no es el PP sino Ciudadanos, y no es simple cuestión de una foto, aunque la gestual en política sea importante. Aznar digitalizó a Rajoy, como es notorio, pero considera que el presidente del Gobierno lo ha maltratado, a él, a su esposa y a todos los aznaristas, como Esperanza Aguirre o Eduardo Zaplana.

La digitalización de Aznar incluía que Rajoy heredera a su equipo, entre los que se contaban Carlos Aragonés, Miguel Ángel Cortés, Gabriel Elorriaga, Lucía Figar, Baudilio Tomé. Los fontaneros de Aznar están desarticulados como grupo y marginados como personas; algunos en sumarios en curso. La última referencia aznarista en el PP, Esperanza Aguirre, ha desaparecido de la vida pública y la Justicia le pisa los talones. Prácticamente, no queda nada de Aznar en el PP.

El poder es ingrato y Rajoy tiene cierta capacidad para el rencor. Las subvenciones a la FAES han sido disminuidas sensiblemente e incluso Aznar ha tenido multas de Hacienda. Cuestiones que no justifican pero sí explican su actitud.

La cuestión en curso es si Ciudadanos puede sustituir al PP como partido líder del centroderecha. Si los de Albert Rivera se mantienen como contrafuerte del PP, un ascenso limitado de Ciudadanos puede resultar beneficioso, porque el bloque de centroderecha superaría al de izquierdas, en el que Podemos está actuando ahora como claro elemento de descrédito. Las posiciones del PSOE respecto al federalismo, a los separatistas, con peticiones de indulto, y a la reforma de la Constitución, buscando la secesión legal, son inasumibles por Ciudadanos. Así que los de Rivera no puede cometer errores y han de esperar a que los cometa el PP. Al tiempo que son dos fuerzas llamadas a ser complementarias, son dos partidos competidores y en esa cuña entra Aznar legitimando a Ciudadanos como el PP auténtico, como el PP liberal de Aznar frente al conservador de Rajoy.

Ciudadanos surgió en el espacio que dejó libre Aznar

Hay en ello cierta desmesura y alguna injusticia histórica, pues Ciudadanos surge no por los errores de Rajoy sino por los de Aznar. La cesión, la debilidad y el pasteleo con los separatistas fue aún más acusado con Aznar que, como es notorio, firmó el Pacto del Majestic con los de Jordi Pujol, y además de esa astracanada de hablar catalán en la intimidad, dio órdenes al defensor del pueblo de que no recurriera al Constitucional la ley de normalización lingüística, entregó la competencia de educación e hizo el despligue de los mossos. Por si eso fuera poco, entregó la cabeza de Aleix Vidal-Quadras y su discurso. Ciudadanos es, básicamente, el vidalquadrismo. Surgió en el espacio que dejó libre Aznar.

Como era previsible, y anunció Rambla Libre, los magníficos resultados de Ciudadanos en Cataluña, donde se ha producido de hecho el proceso de sustitución captando como poco el 40% del electorado popular, está produciendo una creciente corriente de simpatía mediática hacia los de Albert Rivera, como si medios y periodistas se estuvieran recolocando ante un horizonte de cambio. Rivera tiene la ventaja y la desventaja de que no ha querido gobernar en ningún sitio, con lo que se mantiene inédito en el terreno de la gestión y puede seguir circulando por la amplia senda de las declaraciones, en la que los principios tienen menos desgaste.

Ciudadanos es una marca

El PP es un partido y Ciudadanos es una marca. Un partido, desnortado con un liderazgo internamente fuerte y externamente agotado. Ciudadanos carece de estructura, está jerarquizada, carece del más mínimo asomo de democracia interna y se mueve en las pautas delicuescentes del fenómeno Macron, con la misma línea de apoyos en los poderes fácticos y cierta sensación de vigor juvenil. La financiación de Ciudadanos es irregular y su presencia social casi nula, fuera de Cataluña. Tampoco se sabe muy bien lo que defiende sobre inmigración, salvo una suicida política de puertas abiertas, o ideología de género.

En algunas regiones, como en la Comunidad Valenciana se ha nutrido del aznarismo, en este caso de su subconjunto el zaplanismo. Así que la venganza de Aznar no es flor de un día, ni cuestión postelectoral de las catalanas. Aunque las elecciones catalanas no son extrapolables -nunca lo han sido y menos en este clima de excepcionalidad-, el pánico de unos medios y el oportunismo de otros puede crear la imagen de que sí es extrapolable y las imágenes a veces terminan imponiéndose a la realidad.

La cuestión es que el PP no tiene mucha capacidad de reacción ante la situación actual, porque es capacidad de reacción pasaría por cuestionar el liderazgo de Rajoy, muy dañado por la mala gestión de la crisis catalana, que, por supuesto, no se ha resuelto sino que sigue enconada. Y el esquema extendido entre los populares de que los datos económicos les terminarán dando la razón y la victoria les mantiene atenazados en una esperanza descendente. Queda partido para que Aznar se coma ese plato frío que es la venganza.

 

 


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