Soros y Kushner aprovechan la debilidad de Tillerson



Rex Tillerson. /Foto: teleradioamerica.com

Diego Pappalardo. Director de Consultora Universum.

Durante los últimos días, el complejo industrial mediático de los Estados Unidos volvió a propalar con mayor fuerza la posible expulsión del secretario del Departamento de Estado, Rex Tillerson, del gabinete de Donald Trump. Al tomar la noticia una gran repercusión nacional y mundial, el presidente estadounidense negó categórica y rotundamente que piense en prescindir de los servicios del empresario petrolero, pese a tener diferencias con el encargado del Departamento de Estado.

Tillerson llegó a Foggy Bottom por ser un hombre con relevante trayectoria en el mundo business y en la esfera Rockefeller. Lo situaron allí para cuidar los intereses y la influencia de las petroleras en alianza tácita con el Programa económico de Trump en un mundo donde hay competencia interna entre las élites supranacionales, donde el neoliberalismo está feneciendo y en el cual diversas élites intentan impedir el derrumbe de los Estados Unidos como Superpotencia.

El ex-director ejecutivo de Exxon Mobil no es un jugador clásico de la diplomacia histórica pero es un hombre de negocios  que entiende las relaciones entre los poderes mundiales, sus diseños geopolíticos y la mecánica de lo transaccional para consumar sus objetivos.

El secretario del Departamento de los Estados Unidos goza de la amistad del estratega Henry Kissinger y coincide con él en la postura de establecer con Rusia una relación bilateral  de cooperación internacional y de beneficios mutuos, en vez de desarrollar una guerra nuclear contra Moscú, tal y como lo prefieren Soros-Clinton-Obama.  Su plan consiste, entre otros pormenores, en  utilizar la exportación del petróleo y el gas estadounidense como instrumentos geopolíticos, a diferencia de los clanes que lucran con el rol de refinadores, como es el caso de Koch Industries.

A once meses de haberse iniciado la presidencia TrumpTillerson procura desplazarse con habilidad para romper  la resistencia de los agentes de la línea Soros-Clinton-Obama,  ya que la mayoría de los 75 mil empleados que integran la burocracia del Departamento de Estado no responde a su liderazgo, ni al de TrumpSoros-Clinton-Obama persisten en su objetivo de desplazar a Trump del gobierno, avanzar en la agenda de la izquierda globalista y limitar en lo  mínimo posible el proyecto euroasiático expresado por el presidente ruso, Vladímir Putin. Pero no sólo los rivales de Trump maquinan para expulsarlo a Tillerson, sino que también está detrás de ése propósito el  propio yerno del inquilino de la Casa Blanca, Jared Kushner. Éste, en su afán de incrementar su situación de influencia en el gobierno y poder aplicar aspectos de la agenda de sus aliados israelíes, gestiona la destitución del petrolero para ser reemplazado por un activo pro Netanyahu: Mike Pompeo, actual director de la CIA. Pompeo llegó a la dirección de la agencia de las tres letras de la mano de Donald Trump. Desde un primer momento, hizo gala de un enfoque anti-iraní e incluso demostró tener una visión agresiva contra Rusia.

En una visita efectuada a Israel en el año 2015, Pompeo aseveró que el primer ministro israelí es “socio del pueblo estadounidense”. Exhibiendo una marcada sintonía con el líder político de Israel, Pompeo, en el Foro de Seguridad de Aspen, realizado en julio de 2017, afirmó: “Estamos trabajando diligentemente para descubrir cómo hacer retroceder a Irán, no solo en el ámbito nuclear sino en todos los demás”

El alto cargo político de la CIA, en su audiencia de confirmación para tal puesto, al hablar de Rusia, manifestó “se ha reafirmado agresivamente, invadiendo y ocupando Ucrania, amenazando a Europa y haciendo casi nada para ayudar en la destrucción y derrota del ISIS “.

Jared Kushner e Ivanka Trump.

Para Kushner, asesor especial de Trump, es mejor si al frente del Departamento de Estado está alguien que no discrepa en ningún punto con la agenda israelí,  en relación a la política exterior de los Estados Unidos y sea permanentemente un receptor de su criterio personal.

Tillerson, cabe acotar, no es un antisionista funcional pero ve ciertos asuntos que preocupan a los sionistas con mayor amplitud que los propios  israelíes o, mejor dicho, muestra tener otra capacidad de maniobra que los israelíes del clan del primer ministro Netanyahu. Al funcionario estadounidense lo que más le interesa es cumplir con la profundidad geoestratégica de los clanes que lo apalancaron.

Las próximas semanas serán testigos de si Tillerson logra superar o no la embestida en su contra. Tanto quienes quieren sacarlo de circulación como quienes lo apoyan exhiben un fuerte poderío, pero el secretario de Estado hará determinadas concesiones a sus detractores con el fin de mantenerse en la función.


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