Carmenapolleces o gilicarmenadas



Manuela Carmena. /Foto: lavozdegalicia.es.

Ignacio Fernández Candela.

Como ustedes gusten, de manera disyuntiva o con los dos términos validados, debería proponerse a la RAE esta acepción que definiría la incongruencia, el carácter mamarracho y la majadería generalizada que son auspiciadas por el Ayuntamiento de Madrid, tomado temporalmente por un grupúsculo de grotescos y poco edificantes aficionados.
 
Gilipollas es el adjetivo malsonante que según la Real Academia de la Lengua se refiere a lo necio y lo estúpido. Del mismo modo el adjetivo estúpido proviene del latín stupîdus referente al necio y falto de inteligencia. Gilipollez se refiere al dicho y hecho propio del gilipollas. Si observamos la redundancia en cometer gilipollez y se advierte la falta de inteligencia y la necedad que muchos madrileños achacan al equipo de gobierno de Manuela Carmena, es fácil colegir que existen hechos motivados como para definir como propia las carencias de la estrambótica y adocenada edil. A propósito de ello la sugerencia de denominar carmenapolleces o gilicarmenadas a las reincidencias en lo ocurrente y la imbecilidad recurrente.
 
Obligar a los peatones a caminar en una sola dirección durante los días de Navidad, es un insulto a la inteligencia, un atentado contra la libertad individual; una humillación del pueblo soberano obligado a soportar las anormalidades de estultos dirigentes políticos; una vulneración de los derechos básicos que debe poseer todo viandante en libertad y una soberana gilipollez propia al dicho y el hecho del gilipollas, tal y como referencia la RAE.
Gran Vía de Madrid. /Foto: llavanguardia.com.
 
Las medidas-ocurrencias sorprenden por sus incoherencias y el sectarismo nauseabundo de los ediles se ha convertido en diana de una indignación popular acrecentada, cuanto más se comprueba el grado de aberración y la tontuna perjudicial.
 
La Carmena alcaldesa se antoja ya repulsiva por el sectarismo incoherente del que hacen gala, nauseabunda, sus adláteres podemitas. Exjueza habilitadora de terroristas y prejubilada en el ocaso de la salud mental a tenor de sus decisiones en la poltrona de la alcaldía de Madrid que birló a Esperanza Aguirre-gracias a la vileza estratégica del socialismo madrileño que no se comía una rosca electoral-, nadie la eligió pero se han asegurado de montar el circo de la gansada gregaria, intentando además engañar sobre las cuentas del Ayuntamiento que no pasaran inadvertidas en el presunto fraude al listo de Montoro. Son una mala hierba en el extenso paisaje de un Madrid que seguramente les rendirá cuentas electorales en el hartazgo de soportarlos durante cuatro años.
 
Cualquier beneficio que devenga en apariencia de este equipo de inútiles solo se disimula con un presupuesto que parece haber resultado miel en la boca de los asnos. De hecho, en cuanto abren la boca para declarar sus ocurrencias, se antoja un paisaje inmensamente bucólico de la capital con un extenso terreno donde rebuznan los vagos. Vagos y ocurrentes que tienen la capital convertida en el vertedero de sus insuficiencias.
 
 Si el mismo celo pusiera la alcaldesa en ser una edil valorable para los ciudadanos, moral y funcionalmente, como lo mostró según dicen en favorecer al terrorista y minorar los desastres de sus cobardías, Madrid no estaría pasando por este bache donde las chuminadas, carmenadas, carmenapolleces o gilicarmenadas son un agravio a la ciudadanía. Menos idioteces, más higiene y cuentas claras es lo que necesita esta ciudad nuestra con okupas en el ayuntamiento. Estos mindundis tendrán que disfrazarse cuando las urnas los expulsen de la alcaldía.
 
Propongo a Carmena que se sepan las cuentas claras de su marido y que se deje de gilipolleces. Y si arma un Belén en condiciones, hasta igual no se la ve como la bruja fea y mala que aguantamos por Navidad y en una sola dirección. Carmenadas.
 

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