De como Adolfo Suárez montó el embrollo de las autonomías



Felipe González, Adolfo Suárez y Juan Carlos de Borbón. /Foto: rinconforero.mforos.com.

Enrique de Diego.

La debilidad y la inconsistencia de Adolfo Suárez se mostró en la manera en que afrontó el problema regional, en una auténtica huida hacia adelante de improvisaciones que condujeron al oneroso embrollo de las autonomías. Sin cobertura legal, en una orgía de frivolidad, se pusieron en marcha los “entes preautonómicos” generando hechos consumados.

Administrador de un alto Presupuesto, con una herencia sin deuda pública. Suárez estaba bien dispuesto a satisfacer cualquier pedido y las castas periféricas embrionarias subieron la puja. La exclusión de los republicanos y el establecimiento de la legitimidad de manera exclusiva en torno a la monarquía instaurada tuvo una excepción referida a Cataluña, donde ante el radicalismo de los socialistas, agrupados en el PSC como partido nacionalista, y de Jordi Pujol, se llamó al presidente de la Generalitat catalana en el exilio, Josep Tarradellas. Partiendo de unos esotéricos derechos históricos se ofrecía una barra libre general. El Estatuto de 1932 era muy limitado en relación con el horizonte abierto. El Gobierno declaró que restablecería “las instituciones históricas catalanas” y “una autonomía que debe ser ofrecida a todas las regiones españolas” -sería el “café para todos”-.

Josep Tarradellas con Adolfo Suárez. /Foto: elplural.com.

La Generalitat fue restaurada por decreto de 3 de septiembre de 1977, indicando que “el restablecimiento de la Generalidad no prejuzga ni condiciona el contenido de la futura Constitución“. Esto era manifiestamente falso. Tarradellas compareció en Barcelona ante una masa enfervorizada y se manifestó con moderación: “Por primera vez desde hace siglos, el hecho catalán se aborda desde el Gobierno de la monarquía y desde Cataluña sin pasiones, sin enfrentamientos, sin violencia, sin plantear a priori hechos consumados ni acciones de fuerza”.

Se trasvasaron fondos públicos al PNV con la excusa de un resarcimiento por las incautaciones de bienes después de la guerra. Detrás de Cataluña vendrían Vascongadas y Galicia, pero ya el 4 de diciembre de ese año el PSOE alentó manifestaciones en Andalucía exigiendo la autonomía con la bandera proislámica ideada por el iluminado Blas Infante. En un delirio colectivo, controlado por las cúpulas partidarias, la misma idea de España y sus símbolos representativos pasaron a ser diabolizados y tenidos como franquistas.

Preservar la unidad nacional había sido el último mensaje personal del Franco agónico a su sucesor, Juan Carlos. Según éste, “la última vez que le vi ya no se encontraba en estado de hablar. La última frase coherente que salió de su boca en mi presencia, cuando ya se hallaba prácticamente en la agonía, fue referida a la unidad de España. Más que sus palabras, lo que me sorprendió sobre todo fue la fuerza con que sus manos apretaron las mías para decirme que lo único que me pedía es que preservara la unidad de España (“Alteza, lo único que os pido es que mantengáis la unidad de España”). La fuerza de sus manos y la intensidad de su mirada. Franco era un militar para quien había cosas con las que no se podía bromear. La unidad de España era una de ellas”. Es obvio que Juan Carlos y Suárez sí admitían bromas, incluso pesadas, y las perpetraban, sobre tan delicada cuestión.

Torcuato Fernández Miranda con Juan Carlos de Borbón. /Foto:abc.es.

La carrera autonomista, que con el paso del tiempo iría convirtiendo a la sociedad española en inviable, fue el principal motivo del definitivo distanciamiento entre Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda, además de la compulsiva tendencia a “matar al padre” que se da en los políticos, especialmente en los mediocres. Según expresan Pilar y Alfonso Fernández Miranda, en su libro Lo que el Rey me ha pedido, “En materia de descentralización territorial del poderTorcuato Fernández Miranda era radicalmente contrario al ‘café para todos’ y sostenía que había que dar solución política a los problemas históricos reales y que era una imprudencia sin sentido diluir el problema facilitando el nacimiento de peculiaridades históricamente irreales. Era, en suma, partidario del reconocimiento de los hechos diferenciales reales y contrario a la fabricación política de hechos diferenciales. La segunda discrepancia política estaba referida al sistema de partidos. Torcuato Fernández Miranda veía a Suárez integrando y liderando la derecha mientras Felipe González lideraba e integraba la izquierda. Suárez se veía a sí mismo ‘segando la hierba a los socialistas debajo de los pies’ y haciendo una política ‘progresista’ y de ‘centroizquierda’. ¿Quién tenía razón? Ése es un juicio que no nos corresponde. Quede para la historia y para los historiadores”.

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