La Europa del Este tiene memoria y sabe utilizarla



Beata Szydlo y Viktor Orban. /Foto: publimetro.cl.

Yolanda Couceiro Morin.

Las recientes elecciones en la República Checa han dado una amplia victoria a un movimiento “populista” (por decirlo de la manera más suave posible en el lenguaje del Sistema). Un victoria que llega después del triunfo de una derecha “muy de derechas” en Austria el 15 de octubre pasado.

Estamos ante lo que se denomina una serie: después de Austria, después de Polonia, después de Eslovaquia, después de Hungría, la República Checa vive el mismo escenario: mismas elecciones que giran en torno de la cuestión migratoria y el islam; misma victoria de una derecha que los rechaza sin complejos ni rodeos; mismo acercamiento electoral con la “extrema derecha“; mismo pulso con Bruselas que denuncia los ataques al Estado de derecho,; mismo desprecio y difamación de la medios de comunicación europeos contra los “populistas” (calificados de xenófobos, racistas, etc…) y mismas lecciones de moral de los dirigentes europeos, que siguen ignorando la voluntad de los pueblos que se movilizan contra los peligros de un mundo sin fronteras, que en realidad es un mundo sin futuro, un mundo sin esperanza, un mundo sin paz y una Europa sin europeos, o con unos europeos convertidos en extranjeros en sus propios países.

Se dice que estos “populistas” son hostiles al liberalismo, cuando nadie más que ellos son partidarios del libre mercado, ya que han padecido durante décadas los estragos del sistema comunista. Se les llama “euroescépticos“, cuando son tanto más partidarios de Europa como que su entrada en ella les ha otorgado la protección del paraguas de la OTAN.

Esos pueblos rechazan unas instituciones europeas que les imponen (les quieren imponer) unas cuotas de “refugiados” o el matrimonio homosexual. No sienten envidia de las alegrías de la diversidad y la multicultura que hacen, al parecer, la felicidad de los demás europeos (Francia, Alemania, Bélgica, España…). No quieren ni mezquitas ni yihad. Sus padres han vivido bajo el yugo comunista. Los húngaros y los checos tuvieron a los tanques rusos en sus calles, los polacos estuvieron a punto de vivir otro tanto, y los austriacos se vieron obligados a mantenerse durante mucho tiempo en una neutralidad prudente y temerosa. Conocen todos ellos el precio de la independencia nacional y no desean reemplazar Moscú por Bruselas.

La Historia explica estos comportamientos políticos similares. Tanto la Historia como la política unen a estos países. Todos ellos formaron parte, ante de la guerra de 1914-1918, del Imperio Austrohúngaro. Conocieron su gloria y su caída. Padecieron durante los años 30 del siglo pasado, el drama de las naciones que se ven obligadas a vivir con minorías que no se puede asimilar: los alemanes en Checoslovaquia o los húngaros en Rumanía. Esas naciones recuperaron, al mismo tiempo que su soberanía, la felicidad de las naciones en las que reina la confianza porque la gente comparte la misma cultura y la misma historia. Una historia que durante mucho tiempo vio la irrupción del islam. Gran parte de Hungría estuvo ocupada durante cerca de 200 años por el Imperio Otomano (unos 3.000.000 de húngaros fueron reducidos a la esclavitud y dispersados por todos los territorios del Sultán de la Sublime Puerta), y Viena padeció dos sitios a manos de los turcos, el último en 1683. En esa ocasión fue un general polaco, Jan III Sobiesky, al frente de un ejército de varias naciones europeas, que rechazó al invasor musulmán.

¡Tres siglos apenas! Casi fue ayer. La memoria está viva aún.


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