Pujol: balance de una estafa autonómica de cuarenta años



Jordi Pujol. /Foto: lasvocesdelpueblo.com.

Ignacio Fernández Candela.

Cataluña es un campo sembrado desde los tiempos de la Transición con una intención oculta de rebelión e independencia por la que trabajó una mafia estamental durante cuarenta años. Con sordina fueron acumulando competencias en busca de una descentralización cuyo objetivo principal se cubría a largo plazo con la educación de generaciones intoxicadas, renovadas y crecidas en animadversión contra España.

La difícil ecuación de las responsabilidades por los perjuicios causados, puede despejarse hasta llegar a un resultado inequívoco que marca los tiempos y la intensidad del desafío catalanista: el jefe, histórico,  del entramado catalán fue soliviantado y se actuó levantando un muro socio político que no pudiera saltar la Justicia. La gestión de Cataluña pasaba por el ojo que todo lo vigila de Pujol. 
 
Porque en tanto un clan familiar tomaba posesión de los tantos por ciento obligados del derecho de pernada empresarial, una multiplicidad de actos delictuosos se cometían bajo el pretexto del mandato político y alimentaba una bestia insaciable de codicia que había convertido Cataluña en un feudo de irregularidades ocultadas tras la burocracia autonómica. Pero el conflicto de intereses entre los invitados al banquete provocó escisiones y enemistades que desembocaron en la revelación de una profunda corrupción catalanista, perseguible por los tribunales españoles que fueron entorpecidos por una maquinaria conjunta de segregación y rebeldía tras la que se oculta la verdadera intención del independentismo: la impunidad por haber convertido Cataluña en un gueto de favoritismo excluyente para sacar mejor tajada, pirateada, a los catalanes y los españoles.
 
La ufana indiscreción del que se creía intocable Jordi Pujol, levantó la liebre que advertía sobre la pútrida gestión de la Generalidad y de todo el entramado administrativo de Cataluña que habían incurrido en múltiples anomalías susceptibles de imputación. En principio se tomó como correcto el funcionamiento de la Justicia que investigó a la familia Pujol, pero pronto se comprobó que se habían topado con un hueso duro de roer por el calado delictivo y las graves consecuencias que podría generar la influencia pujolista en la paz social de España. Sus amenazas de dinamitar la democracia no eran infundadas, una vez se vio al descubierto un Jordi Pujol que se ha mostrado como el capo mayor de los entresijos políticos y económicos de lo catalanista.
 
La aceleración del proceso independentista deviene de haber soliviantado al clan familiar que manejaba los hilos de la corruptela instaurada como modo de gobierno. Puigdemont es un peón como lo fue Mas, enriquecidos por los dirigentes que en la sombra les han dado potestad para dirigir una Cataluña que pasa antes por los despachos de los históricos antes que por la representación del Parlament.  De ahí este vertiginoso giro independentista antes de que aflore más podredumbre escondida a raíz de las investigaciones abiertas que conducen a un fraude histórico en que se fundamenta el poder del secesionismo, protegido por la alargada sombra de Pujol.
 
La crisis catalana es la misma que impele a Pujol a intentar escapar de la acción de la Justicia; la una está desencadenada por la huida hacia delante del otro. No existe casualidad en el incremento de la tensión ni en la ilimitada capacidad de conflicto que se pretende por parte de los sediciosos.  Si bien muchos son los pagados por adelantado, el botín de cuarenta años de saqueo no es baladí recompensa si se consiguiera el propósito por el que España afronta el mayor desafío contra la democracia. Pujol lo sabe como los bien pagados que siguen sus instrucciones, allá donde tercie la esperanza de prolongar la existencia de este reino de taifas condenado al fracaso. Falta saber a qué precio contra España, porque están dispuestos a todo por no perder nada de lo apropiado en ese mundo paralelo de exclusión que se han creado a expensas de todos los ciudadanos.
 
Y colorín colorado, este cuento de Pujol y la independencia aún no ha acabado.

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