El manifiesto de las clases medias: El intento de exterminio (y 2)



Benito Mussolini y Adolf Hitler, dos socialistas. /Foto: en.wikipedia.org.

Enrique de Diego.

Del tronco común totalitario, surgieron los fascismos, escisión nacionalista del socialismo. Abandonaron el internacionalismo proletario para abrazar el nacionalismo, trocaron la lucha de clases por la de razas, centrando el compartido odio a la burguesía en la judía, en la que encarnaron todos los males que achacaban los comunistas al conjunto de las clases medias. Asumieron, por último, el militarismo de la reacción aristocrática. El fascismo y el nacionalsocialismo fueron herejía dentro de la ortodoxia comunista, fueron socialismos. No inventaron ni el uso de la violencia como forma de política, ni el terror para desarmar al adversario, ni la supeditación de cualquier principio moral al poder, ni tan siquiera los campos de exterminio. El odio entre comunistas y fascistas fue el cainita que se da entre miembros de la misma progenie, entre sectas destructivas en competencia.

No faltaron tiempos de relaciones estrechas en las que unos y otros se hacían regalos de víctimas propiciatorias para sus insaciables maquinarias del crimen en serie. Ni tampoco continuos trasvases, con el celo del converso, entre las dos orillas de la bestia totalitaria; ni perversos desasosiegos por los que los socialistas perseguidos, en el fratricidio, se dolían de no haber sido más extremistas, más intensos en sus odios, más dispuestos al asesinato. Socialismo, comunismo, fascismo: una misma cosa. Eso es una evidencia histórica. Pautas comunes: partido único, Estados confiscador e intervencionista, odio a la libertad y a las clases medias.

La mayor maquinaria de matar seres humanos, en proceso industrial, ha sido mantenida como una reliquia de los niveles del mal a los que puede llegar el hombre, bajo el influjo del totalitarismo. Puede rezarse un kadish -la oración hebrea por los muertos- en Auschwitz, en Bikernau, el segundo de los campos, y también en Treblinka o Sobibor. Tenemos imágenes espeluznantes y los cuerpos famélicos, obtenidas tras la liberación de los campos de exterminio. En Auschwitz se asesinó a un millón y medio de personas. El Holocausto representó el asesinato de más de seis millones. Sin embargo, se ocultan los genocidios del comunismo, cuya suma supera los cien millones de asesinatos por represión. En su nombre se han batido récords que parecían increíbles. No ha habido dirigente comunista que no haya utilizado el terror para acceder al poder y que, una vez alcanzado, no lo haya utilizado para el asesinato en masa. Decenas de millones en Rusia y China. Apenas tenemos testimonios gráficos de esta barbarie, de los campos del archipiélago Gulag. No se trata del inmediato pasado. En los últimos años, en Corea del Norte han muerto, por hambre, más de tres millones de personas. En Cuba, se fusila al amanecer y se encarcela a los disidentes.

¿Y los partidos socialistas? ¿No revisaron sus postulados y asumieron los principios democráticos? Sólo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando, con generoso sacrificio, los vástagos de las clases medias defendieron los principios de la libertad. Antes de eso, los socialistas sin excepción participaban de la sentencia universal de muerte contra la burguesía y hasta hace dos días, casi todos, de la ideología sustentadora de ese odio criminal de clase. El socialismo no pertenece a la gloria de la especie, ni a sus ansias de injusticia, sino a su miseria y a sus más bajos instintos depredadores.

La exculpación del socialismo, el ocultismo de los genocidios comunistas tan intensos y universales, adquiere las características de una conspiración interesada. Porque socialismo y comunismo no sólo han sido la ingeniería social más extensamente experimentada en el tiempo, también alcanzaron, como pensamiento único, el control de las universidades y de la mayor parte de los cauces de difusión de la cultura. Los defensores de la sociedad abierta han sido disidentes en las democracias.

Tras el fracaso en el intento de exterminio, en el postotalitarismo, los socialistas han encontrado más rentable expoliar a las clases medias. Mientras éstas rechazan vivir a costa de los demás, ser de izquierdas consiste en tratar de vivir del sudor de otros, mediante sublimaciones semánticas con pretendidas ínfulas moral. El socialismo ha devenido en coartada del parasitismo fiscal de nuevas manos muertas.


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