“El manifiesto de las clases medias”: Sacudiéndose las cadenas (y 2)



Luis XIV, estado absoluto y sociedad estamental. /Foto: es.wikipedia.com.

Enrique de Diego.

El Estado de Derecho es la gran conquista de las clases medias. Éstas consiguieron en el siglo XVII la renuncia de la Corona británica a sus monopolios. Ahí se puso la base de la mayor revolución humanitaria que ha conocido el hombre en su devenir. Se le ha dado el nombre de revolución industrial.

Hubo aún otra medida que permitió el despliegue de las fuerzas creadores del espíritu: la extensión de los derechos de propiedad a los intangibles de patentes y marcas. Frente a la visión egoísta y rencorosa, sublimada mediante pretensiones altruistas, que pretendía considerar patrimonio de todos -¡de la Humanidad!- inventos, avances científicos y tecnológicos, las generosas clases medias -amantes de la ética del trabajo- consideraron que quien aportaba algo a los demás bien tenía derecho a lucrarse de ello. Las clases medias siempre han detestado la estéril envidia. Pronto la existencia se hizo más cómoda, la esperanza de vida más larga, el transporte más rápido, la comunicación más fluida, el comercio más intenso y la libertad más amplia. Fue la era de la seguridad. Las clases medias ampliaron a todas las capas de la sociedad la seguridad jurídica, la posesión pacífica de los bienes; poniendo límites a la arbitrariedad del poder, abrieron caminos al impulso del demos; ensalzando la dignidad de la persona humana, rechazaron someter a otros a las cadenas de las que las clases medias se habían liberado. Nada les pareció más odioso, y nada combatieron con mayor ahínco, que la esclavitud: la posesión de unos hombres por otros, la explotación del hombre por el hombre, que había sido la norma de las etapas anteriores.

Por primera vez, la libertad se convirtió en la fuerza dinamizadora de toda la sociedad. Los hombres pudieron sacudirse sus yugos. Dejaron de estar adscritos a la tierra, como un utensilio labranza. Por primera vez, dejaron de ser propiedad para ser propietarios, accedieron a la propiedad, aureola de la libertad. Dejaron de ser infantiles miembros de un estamento, para pasar a ser ciudadanos, maduros para firmar contratos y poder desarrollar -mediante el ahorro y la inversión- sus proyectos. Dejaron de vivir en una sociedad cerrada, jerarquizada, adscritos a una casa señorial, para habitar en una sociedad abierta, móvil, con nuevas oportunidades accesibles a sus talentos. La fórmula se basaba en la generosidad, pues sólo obtenía beneficio quien respondía a necesidades de los consumidores, abaratando precios y mejorando la calidad de los productos, y ello conllevaba la extensión de la riqueza a capas cada vez más amplias, que, por primera vez en la Historia, decidían sus opciones desde su soberanía personal. Las fronteras empezaron a resquebrajarse ante la mejora de las comunicaciones, la facilidad de los transportes y las ventajas de la competencia, pues se fue generando un mercado cada vez más amplio.

Mientras los antiguos seores mantenían bajo su dominio a las gentes, viviendo de su trabajo, exigiendo la obediencia de la mayoría servil a una minoría de poderosos que pretendía mantenerse como coto cerrado, como club excesivo, las clases medias emergentes buscaban -y conseguían- la emancipación de todos. Las hambrunas cíclicas y las pandemias endémicas, consideradas como ineludibles tragedias de la condición servil, fueron erradicadas. Los cuerpos se vigorizaron por la alimentación y el deporte. La cultura y el ocio se expandieron. Las calles se iluminaron. El vapor hizo posible la mecanización de las industrias permitiendo la liberación del hombre de los esfuerzos físicos más tediosos y dificultosos. El viejo sueño de Ícaro se hizo realidad. Inventos mecánicos dulcificaron las esclavizantes tareas del hogar. Frente a la escasez de la autarquía, los mercados se llenaron de bienes, llegados de los más lejanos confines. A cada avance económico correspondió otro político. La democracia representativa se hizo realidad. El anhelo alentado en algunas pocas ciudades se extendió: los ciudadanos pasaron a votar a sus representantes y a juzgarles cada cierto tiempo. Las naciones dejaron de ser patrimonio de una familia para extender su soberanía a todos y cada uno de los ciudadanos. Las gentes ya no necesitaron permisos para moverse.

Las manos muertas, legadas por el feudalismo medieval, sostenidas por el Antiguo Régimen, se encontraron enfrentadas a la fuerza arrolladora y constructiva de la libertad. Los privilegios se hicieron onerosos y se puso en cuestión el carácter hereditario de los cargos. Mientras antes el honor y la dignidad eran predicables de unos pocos, pasaron a declinarse de todos.

Las clases medias no respondían a un carácter genético. Las clases medias se componen de gentes cuya opción de vida no es servirse de los demás sino servir a los demás: no vivir a costa de los otros, sino de su propio trabajo. Forman parte de ellas aquellos funcionarios de las misiones básicas del Estado mínimo: seguridad, defensa y política exterior. Por eso, clases medias se utiliza aquí en plural y no en singular, en un sentido estrictamente descriptivo y no definitorio, sin simplificar una realidad dinámica y plural.

Habían conseguido la fórmula del progreso material y de la dignidad de la persona: derechos de propiedad, proscripción de los monopolios, impuestos bajos, tribunales independientes, igualdad de todos ante la ley, derecho al voto. El mundo había entrado en una nueva dimensión de emancipación y progreso. Habían de pagar muy caro su osadía.


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