Ciudad de la Luz: Saqueo y hundimiento en la mediocridad del PP



Enrique de Diego.

Reverbera la luz cenital en su último baño en el plácido y civilizado Mediterráneo. Uno puede imaginarse, desde estas lomas de Aguamarga, llegar naves fenicias o cartaginesas o escuchar el acompasado sonar de los remos de las trirremes romanas arribando a Lucentum con ánforas de aceite y trigo, para recoger la mojama y el garo.

Una alarma suena estridente y persistente sin que nadie le haga caso en esta ambientación espectral. Los edificios silentes parecen decorado propicio para el IV Milenio de Iker Jiménez o una de esas bases de Arkansas donde se investigan a ignotos extraterrestres.

En la desviación, una señal anuncia “Ciudad de la Luz“, “Escuela de Cine“, “Platós de Cine”. La amplia Avenida de dos carriles por la que se asciende está tachonada de farolas de diseño. En el recinto, una está luciendo todo el día a costa del contribuyente. Unos aburridos bordillos de plástico medio impiden la entrada.

El Centro de Estudios donde iban a impartirse estudios de Comunicación Audiovisual parece dispuesto para abrir sus puertas y recibir al joven y bullanguero alumnado. Un tosco candado muestra que eso es imposible.

Cuando Cecil B DeMille llegó con su equipo en 1913 a un distrito californiano llamado Hollywood, huyendo de las tormentas de arena de Arizona, para filmar El Prófugo, era una ciudad metodista puritana que, años antes, había prohibido las salas de cine, pero se quedó sin agua y perdió su autonomía, incorporándose a Los Ángeles. Cecil B DeMille, que filmaría esa maravilla de Los Diez Mandamientos con Charlon Heston, se había adaptado bien al cine sonoro pues puede ser considerado en justicia el inventor de la narrativa cinematográfica. En 1915, se pusieron en marcha los primeros estudios, la Universal City.

Uno puede imaginarse a las trirremes romanas o a los Barca, pero no hay imaginación capaz de imaginarse a José María Rodriguez Galant o a Elsa Martínez dirigiendo unos estudios de Hollywood, ni una mala película, ni una sala de cine de barrio.

En la Ciudad de la Luz, según las crónicas, se llegaron a rodar 60 películas, pero subvencionadas. Es decir, no pagaron para rodar sino que cobraron por hacerlo. Ni Cecil B DeMille ni cuantos le siguieron por el camino abierto vivieron a costa del contribuyente, sino que trataron de satisfacer su necesidad mediante el riesgo.

Lo que asombra en esta ambientación triste y sombría de esta faraónica Ciudad de la Luz con algo de misterio de ultratumba del valle de los Reyes es la infinita mediocridad en el despropósito, la banalidad de la corrupción. Tras dejar la dirección de la Ciudad de la Luz, José María Rodríguez Galant puso, con lo ahorrado, un restaurante sushi, que no tiene relación con el cine. Y Elsa Martínez volvió a sus agencias de publicidad donde había dejado a su hermana Laura. El PP puso a quien le dio la gana, con tal de tener el carnet, tener contactos y estar de acuerdo en el reparto.

Aquí yacen enterrados 500 millones de euros. Despilfarrados en un timo infame, pues todos hicieron negocio y se lo llevaron crudo: los que removieron la tierra, los que vendieron los materiales, los que levantaron los edificios, los que vendieron los cristales, los que proveyeron esa inmensa fila de farolas. Los que vendieron los ordenadores y los que hicieron la web. Aunque fue hecha por un empleado, Elsa Martínez aprobó una factura de 49.300 euros a una empresa externa. En 2010 se pagaron 62.372 euros. Siempre por “procedimiento negociado sin publicidad“. Según la Sindicatura de Cuentas, nunca se llegó a acreditar que la empresa adjudicataria cumpliera “requisitos esenciales como la titulación académica y la experiencia profesional“. La endiosada Elsa no hizo caso, renovó el contrato y lo incrementó el 60%.

Nunca se sabrá si la Ciudad de la Luz fue una inmensa estupidez zaplanista o pudo haber funcionado si al frente hubiera estado gente preparada con conocimientos de un mundo tan complejo y hermético como el cinematográfico. Al timón estuvieron auténticas nulidades sin preparación profesional. Hubo una orgía de osadía mediocre en esta tremenda estafa al contribuyente de la que nadie ha dado cuentas ni por la que nadie ha asumido responsabilidad alguna. Cae la noche. No hay luces de neón. Todo es oscuridad en esta ciudad de las tinieblas presupuestarias.

Carta abierta a Elsa Martínez, para que dé explicaciones

Cecil B. DeMille, el fundador de Hollywood

 


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