Don Rodrigo Ximénez de Rada, grande entre los grandes



Las Navas de Tolosa, don Rodrigo fue el alma. /Foto: revistadehistoria.es.
Las Navas de Tolosa, don Rodrigo fue el alma. /Foto: revistadehistoria.es.

Enrique de Diego

En estos tiempos de tantas ofensas a la unidad de España, don Rodrigo Ximénez de Rada (1170-10 de junio de 1247) es una referencia, un ejemplo y casi un refugio. Dios le concedió dones excepcionales –preclara inteligencia, fuera de lo común, gran claridad de ideas, reservas enormes de fuerza de voluntad e intensa capacidad de organización- y todos los hizo fructificar en grado máximo. Baste decir, por si alguien se pone en guardia ante el elogio, que, en cuestión de lenguas, dominaba, además del castellano y el euskera, como idiomas familiares, los siguientes: latín, árabe, italiano, francés, alemán, inglés y muy posiblemente también griego y hebreo.

Don Rodrigo Ximénez de Rada. /Foto: euskomedia.org.
Don Rodrigo Ximénez de Rada. /Foto: euskomedia.org.

Con profunda emoción, rememoro cuando un centenar de patriotas acudimos a rendirle devoto homenaje ante su tumba, en el presbiterio del hermosísimo Monasterio de Santa María de Huerta. Aquellos patriotas quisieron tener el detalle conmigo de que, conocida mi admiración por Don Rodrigo, fuera yo quien depositara al pie de su tumba la corona de flores que, agradecidos, portábamos. Enfrente de él, está enterrado su tío San Martín de la Hinojosa, que fuera obispo de Sigüenza y abad de Santa María de Huerta.

Refectorio de Santa María de Huerta. /Foto: flickr.com.
Refectorio de Santa María de Huerta. /Foto: flickr.com.

 

El monasterio, entre sus numerosas maravillas arquitectónicas, tiene una que sobresale hasta sorprender: el refectorio, uno de esos magníficos monumentos con los que nuestros antepasados han embellecido España.

Nació don Rodrigo Ximénez de Rada navarro, en Puente La Reina, hijo de navarro y castellana. Nació español porque amó España con sabiduría y entrega. Buena muestra es su “Alabanza de España”, a imitación de la que escribiera San Isidoro de Sevilla.

Estudió filosofía y derecho en Bolonia y teología en París. Docto en grado sumo. Pronto fueron patentes sus capacidades sobresalientes y se convirtió en consejero y diplomático, en el valido, del rey Sancho VII, el fuerte, de Navarra. Pasó luego a la corte castellana, donde formó parte de dos de los tándem más exitosos de nuestra historia: con Alfonso VIII, consiguiendo la decisiva victoria de Las Navas de Tolosa, y con San Fernando III, del que fue canciller hasta su muerte. Al frente de sus huestes, conquistó el adelantamiento de Cazorla en tierras de Jaén. El espíritu de don Rodrigo late con fuerza y austero esplendor románico en la población de Brihuega, donde se retiraba a descansar.

Intervino, junto a otro grande, don Tello Téllez de Meneses, obispo de Palencia, en la puesta en marcha de la primera Universidad española: el Studium Generale de Palencia.

Arzobispo de Toledo durante cuarenta años, con especial intensidad dio la batalla y la ganó frente a las pretensiones de la diócesis de Tarraco de ser primada de la Corona de Aragón. Argumentaba Tarraco que era la primera diócesis de la Península ibérica, fundada en tiempos romanos, oponiéndose don Rodrigo con tenacidad ilustrada, por considerar que España había sido fundada por los godos y la única legitimidad en la primacía correspondía a Toledo, por ser capital y primada cuando Leovigildo y Recaredo unifican España, geográfica, política y religiosamente. Tras uno de sus últimos viajes a Roma, atravesó la diócesis de Tarraco portando la Cruz primacial, lo que soliviantó al arzobispo de la diócesis, que lo llegó a excomulgar, siendo retirada tan absurda decisión por el Papa. Para don Rodrigo, no podía haber dos sedes primadas porque España era y debía ser siempre una.

Don Rodrigo fue el alma y el encargado de la difícil logística de la epopeya humana que culminó en la victoria cristiana en Las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212. Consiguió que Inocencio III declarara Cruzada la expedición y don Rodrigo la predicó (con su don de lenguas) por Italia, Francia y Alemania y utilizó también a los juglares para enardecer los ánimos en la movilización. Participaron en la expedición tres reyes: Sancho VII de Navarra, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón. Se encargó don Rodrigo de armar la hueste, concentrada en Toledo, con las rentas de la diócesis, y organizar el difícil avituallamiento de un ejército que tenía que recorrer cientos de kilómetros de tierra yerma. En la batalla de Las Navas tiene que animar al rey, cuando Alfonso VIII ve perdida la batalla al retirarse maltrecha la vanguardia en la primera acometida. El rey prefiere morir a sufrir otra derrota como la de Alarcos, y don Rodrigo le dice que es la voluntad de Dios que gane, pero si así no fuera, morirán ambos. Ha de refrenarle una segunda vez cuando quiere acudir a socorrer al cuerpo central, donde las órdenes militares terminarán resistiendo a la fuerte acometida almohade. Cabalgará a su lado cuando la reserva arrolla al ejército almohade provocando su desbandada. Será el primado de España, a la que tanto amaba, el que entone el Te Deum de acción de gracias en lo que había sido el campamento del Miramamolín.

Bastaría ese insigne hecho para que don Rodrigo mereciera el reconocimiento de todos los patriotas, pero, además, con su preclara inteligencia escribió una obra fundamental: De rebus Hispaniae (Hechos de España) o Historia Ghotica. Con gran acopio de fuentes cotejadas, esa espléndida obra sitúa España como una creación de los godos, invadida por los musulmanes, una de cuyas consecuencias es la división de los reinos, de modo que el imperativo es retornar a la unidad. Es un patriota firme y visionario (se hubiera emocionado mucho en 1492). A modo de ejemplo, narra la rebelión del católico San Hermenegildo contra su padre, el arriano Leovigildo. ¿Por quién tomará partido don Rodrigo, arzobispo católico? Por Leovigildo, por supuesto. San Hermenegildo quiso desmembrar la Bética y eso a don Rodrigo le parece imperdonable, pues para él la unidad de España es algo muy serio.

Fue un apoyo firme para San Fernando III a fin de dar su decisivo empuje reconquistador y, como ya he dicho, él mismo conquistó la Sierra de Cazorla.

Participó con destacado protagonismo en los concilios Lateranense y de Lyon, a cuya vuelta, en un barco, navegando por el Ródano, murió.

¿Pudo hacer algo más destacable en su provechosa vida? Empezó a construir la catedral de Toledo. En 1226 puso la primera piedra de la que sería una de las joyas del gótico.

 


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