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La identidad es necesaria para que haya convivencia

Redacción




Cayetana Álvarez de Toledo, con Rajoy y Aznar. /Foto: elconfidencial.com.
Cayetana Álvarez de Toledo, con Rajoy y Aznar. /Foto: elconfidencial.com.

Enrique de Diego

Mientras reflexionaba esta contestación al plan Soros y a su inspiración en la filosofía de Karl Popper, ha caído en mis manos un artículo publicado en El Mundo de Cayetana Álvarez de Toledo, exdiputada del PP, que son las ideas de Popper-Soros en detritus de Vulgata. Me hace gracia que sea la misma persona que montara una cierta escandalera en las redes protestando contra la cabalgata de Manuela Carmena, diciendo que la habían robado –a ella y a sus hijos- los Reyes Magos, lo cual, bien mirado, es una bizarra actitud identitaria. Al menos para reseñar esta inocente contradicción vale la pena haber leído y citar la empanada mental de Cayetana, que lleva media vida viviendo del Presupuesto, con el acomodaticio liberalismo egipcio.

No, la identidad nacional no “es el grito de la tribu”, es, por de pronto, una narrativa común, y una ciudadanía, pero no sólo; es, desde luego, un Estado de Derecho que en España falta con una Justicia politizada y sumisa, en la degradante falta de división de poderes; es también emoción, sí, orgullo patriótico que ha sido perseguido y erradicado casi de los jóvenes, por el PSOE, mucho más aún por el PP y por todos los constitucionalistas, como si la Constitución hubiera creado España. La identidad es lo que permite la pluralidad y la convivencia.

Concluye Cayetana su confusa diatriba de cosmopolitismo evanescente diciendo que “Europa debe rearmarse, desde luego. Pero no con una identidad, sino contra la identidad”. Por de pronto, Europa no existe, más que como una convención geográfica y como una utopía destructiva de un judío colaboracionista nazi y una burocracia que cobra libre de impuestos en nombre de una supranacionalidad opresiva. Lo que se ve por toda Europa –contrastación por la realidad- es una rebelión de las naciones, una reacción heroica de las sociedades a través de partidos identitarios, que luchan por sobrevivir, por sacudirse la ingeniería social que se les ha impuesto, y cuyos peligros presentes son patentes, y los futuros, evidentes, frente a todos los medios de comunicación, sin excepción alguna, frente a los sistemas educativos, que han hecho de la corrección política y el multiculturalismo su ideología adoctrinadora, frente a los partidos tradicionales y frente a las mafias interiores de las onegés y los servicios sociales. Es una lucha democrática épica que acaba de obtener una victoria decisiva en Mecklemburgo-Pomerania sobre uno de los focos del mal: Ángela Merkel. Y que tuvo otra victoria clara en el Brexit, cuando los ingleses decidieron no sucumbir, a pesar del apocalipsis con el que se les amenazaba. Y que tendrá otra con el acceso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. El bien ha plantado cara y el mal empieza a estar en retirada.

En cuanto a España, el separatismo ha ido creciendo levantisco a medida que se ha debilitado la identidad española, que se ha erradicado el español de las aulas, que se ha extendido la ignorancia sobre nuestra historia común, en la que medida en que se ha debilitado España, y de eso el mayor culpable es José María Aznar, con todo el PP, y ahí tiene también su pequeña cuota parte de responsabilidad Cayetana Álvarez de Toledo. Y esa falta de identidad española, esa ridiculización y persecución del patriotismo, que también es el patriotismo de pulsera, ha conllevado el resquebrajamiento del imperio de la Ley, la cesión permanente y la tolerancia suicida con el delito de secesión; la debilidad continua que hiela el alma. Ha llenado las calles de España de jóvenes desnacionalizados y de menos jóvenes que se identifican, que buscan su identidad en un equipo de fútbol.

Quizás Cayetana Álvarez de Toledo desconoce que Karl Popper, tan contrario a los nacionalismos, incluido el judío –Israel es un Estado democrático identitario- aceptó ser premiado por la Generalitat catalana de Jordi Pujol y acudió encantado a recibir el Premio. Y quizás también desconoce que el separatismo catalán, en no pocas de sus cepas, se presenta ahora como popperiano y de ahí lo de los nous catalans.

No hay una identidad europea, ni la va a haber nunca, eso es una pesadilla de corrupción y destrucción. Es preciso volver a las identidades nacio-ççççççççnales, a la Europa de las patrias, y de ese gran movimiento regenerador y revitalizador no se va a quedar fuera España. Habrá, más pronto que tarde, un gran movimiento identitario cuando esta gran farsa de sistema se resquebraje un poco más.