España, desde Leovigildo y Recaredo



Enrique de Diego

La inmensa ignorancia que se ha extendido, de manera tan suicida como interesada, sobre nuestra historia común ha llegado hasta tal punto que da la impresión de que no pocos, muchos de ellos jóvenes, consideren que España es una invención de Franco, cuando como unidad política existe desde el siglo VI con Leovigildo y Recaredo.

También, con motivo del segundo centenario de La Pepa, Esperanza Aguirre y su entorno pretendieron que España existía desde 1812, seguramente identificando nación con el principio de soberanía popular.

Por supuesto, una nación es un proceso evolutivo. No una corriente recta, sino un río con meandros; una senda con curvas, con valles y montes. España es una unidad política desde nuestros padres, los godos. Leovigildo, que accedió al trono tras la muerte de su hermano Liuva I, un rey belicoso, fundador de Victoriacum, la actual Vitoria, cuyas campañas fueron narradas por Juan de Biclaro, puso fin al reino suevo en la batalla de Braga. También fue el fundador de Recópolis, magníficas ruinas, que es muy recomendable visitar. Todavía quedaba un reducto bizantino en el sureste, pero era considerado una anomalía, a la que se debía poner fin.

Los visigodos se gobernaban mediante una monarquía electiva, cuyos electores eran una aristocracia guerrera. Había una tendencia, cuando el monarca había sido exitoso y había tomado el suficiente poder autónomo, a generar dinastías, monarquías hereditarias. Si Leovigildo sucedió a su hermano, a Leovigildo le sucedió su hijo Recaredo, al que ya había asociado al trono, lo que produjo no pocas críticas entre los condes.

Esa tensión entre la monarquía electiva y la hereditaria siempre fue motivo de fricciones, rebeliones y guerras. En el año 711, con la llegada de árabes y sirios al mando de Tariq, esa división fue letal, pues los hijos de Witiza, aspirantes al trono, traicionaron y se pasaron en la batalla de Guadalete al bando de los invasores, provocando la derrota de la hueste del rey don Rodrigo y el final del reino godo…Bueno, casi. El final, no. Andaba por ahí el espatario Pelayo, que sería el iniciador de la Reconquista.

Una curiosidad dentro de esa tensión era el caso de las viudas, que traían muchos problemas, pues la viuda contenía un reflejo de legitimidad y era, por ende, muy codiciada, de forma que se hacía mucha presión, y así se manifiestan los Concilios de Toledo, a que la viuda se mantuviera como tal, sin liar, y que ingresara en un convento. Es una mera curiosidad.

La rebelión del católico Hermenegildo

Para que la unidad no fuera sólo territorial, Leovigildo buscó la homogeneidad entre la minoría gobernante, goda, y la masa hispanoromana, mediante la unidad religiosa. Los godos eran arrianos, herejía que negaba la divinidad de Cristo y la Santísima Trinidad. Leovigildo quería que todos fueran arrianos. Uno de sus hijos, San Hermenegildo se hizo católico y se sublevó en la Bética, donde lo había puesto al mando su padre. Y eso le terminó costando la vida.

El III Concilio de Toledo: la unidad religiosa

Recaredo unificó aún más España a través del catolicismo, que ha sido fundamental en nuestra historia, en el III Concilio de Toledo, con su conversión y la de todos los nobles godos. Así que el nacionalcatolicismo también tiene pedigree. Tuvo que afrontar dos connatos de rebelión arriana, que fueron abortados, y el arrianismo desapareció. Como la nación es un proceso evolutivo, las fechas son mojones en el camino. El III Concilio de Toledo se abrió el 8 de mayo del año 589. Es una fecha importante, de impronta fundacional.

El pequeño reino de Asturias que Pelayo consiguió preservar tras la victoria de Covadonga siempre se consideró heredero del reino godo, y cada uno de los reinos de las Españas batallaron considerando que estaban luchando contra invasores, para recuperar el reino de Leovigildo y de Recaredo. Esa impronta esencial ha dado en llamarse “ideología gótica”.

En uno de los más importantes libros del pensamiento español, Hechos de España, del arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada (nacido en Puentelareina, Navarra), pieza fundamental en la victoria de Las Navas de Tolosa, late con extraordinaria fuerza esa idea de la unidad de España, como pulsión de la Reconquista. Con tanta fuerza, que el arzobispo de Toledo –enterrado en el hermoso monasterio de Santa María de Huerta- execra la rebelión del católico Hermenegildo por haber puesto en riesgo la unidad del reino de esa hermosa tierra a la que él lisonjea en su Alabanza de España, rememorando la precedente Alabanza de San Isidoro de Sevilla.


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